isla y descubrí muchas cabras, pero muy ariscas y huidizas; decidí que iba a tratar de llevarme al perro para
cazarlas.
2 de enero. En efecto, al otro día me llevé al perro y le mostré las cabras, pero me equivoqué porque
todas se le enfrentaron y él, sabiendo que podía correr peligro, no se quería acercar a ellas.
3 de enero. Comencé a construir mi verja o pared y como aún temía que alguien me atacara, decidí
hacerla gruesa y fuerte.
Nota: como ya he descrito esta pared anteriormente, omito deliberadamente en el diario lo que ya he
dicho; baste señalar que estuve casi desde el 3 de enero hasta el 14 de abril, trabajando, terminando y
perfeccionando esta pared aunque no medía más de veinticuatro yardas de largo. Era un semicírculo que iba
desde un punto a otro de la roca y medía unas ocho yardas; la puerta de la cueva estaba en el centro.
Durante todo este tiempo trabajé arduamente a pesar de que muchos días, a veces durante semanas
enteras, las lluvias eran un obstáculo; pero creía que no estaría total mente a salvo mientras no terminara la
pared. Resulta casi increíble el indescriptible esfuerzo que suponía hacerlo todo, especialmente traer las
vigas del bosque y clavarlas en la tierra puesto que las hice más grandes de lo que debía.
Cuando terminé el muro y lo rematé con la doble mura lla de matojos, me convencí de que si alguien se
acercaba no se daría cuenta de que allí había una vivienda; e hice muy bien, como se verá más adelante, en
una ocasión muy señalada.
Durante este tiempo y cuando las lluvias me lo permitían, iba a cazar todos los días al bosque. Hice
varios descubrimientos que me fueron de utilidad, particularmente, des cubrí una especie de paloma salvaje
que no anidaba en los árboles como las palomas torcaces sino en las cavidades de las rocas como las
domésticas y, llevándome algunas crías me dediqué a domesticarlas, mas cuando crecieron, se escaparon
todas, seguramente por hambre pues no tenía mu cho que darles de comer. No obstante, a menudo encontra-
ba sus nidos y me llevaba algunas crías que tenían una carne muy sabrosa.
Mientras me hacía cargo de mis asuntos domésticos, me di cuenta de que necesitaba muchas cosas que al
principio me parecían imposibles de fabricar como, en efecto, ocurrió con algunas. Por ejemplo, nunca
logré hacer un tonel con argollas. Como ya he dicho, tenía uno o dos barriles pero nunca llegué a fabricar
uno, aunque pasé muchas semanas intentándolo. No conseguía colocarle los fondos ni unir las duelas lo
suficiente como para que pudiera contener agua; así que me di por vencido.
Lo otro que necesitaba eran velas pues tan pronto oscurecía, generalmente a eso de las siete, me veía
obligado a acostarme. Recordaba aquel trozo de cera con el que había hecho unas velas en mi aventura
africana pero ahora no tenía nada. Lo único que podía hacer cuando mataba alguna cabra, era conservar el
sebo y en un pequeño plato de arcilla que cocí al sol, poner una mecha de estopa y hacerme una lámpara;
esta me proporcionaba luz pero no tan clara y constante como la de las velas. En medio de todas mis
labores, una vez, registrando mis cosas, encontré una bolsita que contenía grano para alimentar los pollos,
no de este viaje sino del anterior, supongo que del barco que vino de Lisboa. De este viaje, el poco grano
que quedaba había sido devorado por las ratas y no encontré más que cáscaras y polvo. Como quería
utilizar la bolsa para otra cosa, sacudí las cáscaras a un lado de mi fortificación, bajo la roca.
Fue poco antes de las grandes lluvias que acabo de mencionar, cuando me deshice de esto, sin advertir
nada y sin recordar que había echado nada allí. À1 cabo de un mes o algo así, me percaté de que unos tallos
verdes brotaban de la tierra y me imaginé que se trataba de alguna planta que no había visto hasta entonces;
mas cuál no sería mi sorpresa y mi asombro cuando, al cabo de un tiempo, vi diez o doce espigas de un
perfecto grano verde, del mismo tipo que el europeo, más bien, del inglés 42 .


42
El grano al que se refiere es la cebada y a pesar de lo que dice, en realidad no parece haber ninguna
diferencia entre la cebada europea y la inglesa.


Resulta imposible describir el asombro y la confusión que sentí en este momento. Hasta entonces, no
tenía convicciones religiosas; de hecho, tenía muy pocos conoci mientos de religión y pensaba que todo lo
que me había sucedido respondía al azar o, como decimos por ahí, a la voluntad de Dios, sin indagar en las
intenciones de la Providencia en estas cosas o en su poder para gobernar los asuntos del mundo. Mas
cuando vi crecer aquel grano, en un clima que sabía inadecuado para los cereales y, sobre todo, sin saber
cómo había llegado hasta allí, me sentí extrañamente sobrecogido y comencé a creer que Dios había hecho
que este grano creciera milagrosamente, sin que nadie lo hubiese sembrado, únicamente para mi sustento en
ese miserable lugar.

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