Dios; y que en el futuro, tendría tiempo para pensar que no había seguido su consejo cuando tal vez ya no
hubiera nadie que me pudiese ayudar.
Me di cuenta, en esta última parte de su discurso, que fue verdaderamente profético, aunque supongo que
mi padre no lo sabía en ese momento; decía que pude ver que por el rostro de mi padre bajaban abundantes
lágrimas, en especial, cuando hablaba de mi hermano muerto; y cuando me dijo que ya tendría tiempo para
arrepentirme y que no habría nadie que pudiese ayudarme, estaba tan conmovido que se le quebró la voz y
tenía el corazón tan oprimido, que ya no pudo decir nada más.
Me sentí sinceramente emocionado por su discurso, ¿y quién no?, y decidí no pensar más en viajar sino
en establecerme en casa, conforme con los deseos de mi padre. Mas, ¡ay!, a los pocos días cambié de
opinión y, para evitar que mi padre me siguiera importunando, unas semanas después, decidí huir de casa.
Sin embargo, no actué precipitadamente, ni me dejé llevar por la urgencia de un primer impulso. Un día,
me pareció que mi madre se sentía mejor que de ordinario y, llamándola aparte, le dije que era tan grande
mi afán por ver el mundo, que nunca podría emprender otra actividad con la determinación necesaria para
llevarla a cabo; que mejor era que mi padre me diera su consentimiento a que me forzara a irme sin él; que
tenía dieciocho años, por lo que ya era muy mayor para empezar como aprendiz de un oficio o como
ayudante de un abogado; y que estaba seguro de que si lo hacía, nunca lo terminaría y, en poco tiempo,
huiría de mi maestro para irme al mar. Le pedí que hablara con mi padre y le persuadiera de dejarme hacer
tan solo un viaje por mar. Si regresaba a casa porque no me gustaba, jamás volvería a marcharme y me
aplicaría doblemente para recuperar el tiempo perdido.
Estas palabras enfurecieron a mi madre. Me dijo que no tenía ningún sentido hablar con mi padre sobre
ese asunto pues él sabía muy bien cuál era mi interés en que diera su consentimiento para algo que podía
perjudicarme tanto; que ella se preguntaba cómo podía pensar algo así después de la conversación que
había tenido con mi padre y de las expresiones de afecto y ternura que había utilizado conmigo; en pocas
palabras, que si yo quería arruinar mi vida, ellos no tendrían forma de evitarlo pero que tuviera por cierto
que nunca tendría su consentimiento para hacerlo; y que, por su parte, no quería hacerse partícipe de mi
destrucción para que nunca pudiese decirse que mi madre había accedido a algo a lo que mi padre se había
opuesto.
Aunque mi madre se negó a decírselo a mi padre, supe después que se lo había contado todo y que mi
padre, muy acongojado, le dijo suspirando:
-Ese chico sería feliz si se quedara en casa, pero si se marcha, será el más miserable y desgraciado de los
hombres. No puedo darle mi consentimiento para esto.
En menos de un año me di a la fuga. Durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente sordo a
cualquier pro posición encaminada a que me asentara. A menudo discu tía con mi padre y mi madre sobre
su rígida determinación en contra de mis deseos. Mas, cierto día, estando en Hull, a donde había ido por
casualidad y sin ninguna intención de fugarme; estando allí, como digo, uno de mis amigos, que se
embarcaba rumbo a Londres en el barco de su padre, me invitó a acompañarlos, con el cebo del que
ordinaria mente se sirven los marineros, es decir, diciéndome que no me costaría nada el pasaje. No volví a
consultarle a mi padre ni a mi madre, ni siquiera les envié recado de mi decisión. Más bien, dejé que se
enteraran como pudiesen y sin encomendarme a Dios o a mi padre, ni considerar las circunstancias o las
consecuencias, me embarqué el primer día de septiembre de 1651, día funesto, ¡Dios lo sabe!, en un barco
con destino a Londres. Creo que nunca ha existido un joven aventurero cuyos infortunios empezasen tan
pronto y durasen tanto tiempo como los míos. Apenas la emb arcación había salido del puerto, se levantó un
fuerte vendaval y el mar comenzó a agitarse con una violencia aterradora. Como nunca antes había estado
en el mar, empecé a sentir un malestar en el cuerpo y un terror en el alma muy difíciles de expresar.
Comencé entonces a pensar seriamente en lo que había hecho y en que estaba siendo justamente castigado
por el Cielo por abandonar la casa de mi padre y mis obligaciones. De repente recordé todos los buenos
consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre. Mi corazón, que aún no se
había endurecido, me reprochaba por haber desobedecido a sus advertencias y haber olvidado mi deber
hacia Dios y hacia mi padre.
Mientras tanto, la tormenta arreciaba y el mar, en el que no había estado nunca antes, se encrespó
muchísimo, aunque nada comparado con lo que he visto otras veces desde entonces; no, ni con lo que vi
pocos días después. Sin embargo, era suficiente para asustarme, pues entonces apenas era un joven
navegante que jamás había-visto algo así. A cada ola, esperaba que el mar nos tragara y cada vez que el
barco caía en lo que a mí me parecía el fondo del mar, pensaba que no volvería a salir a flote. En esta
agonía física y mental, hice muchas promesas y resoluciones. Si Dios quería salvarme la vida en este viaje,
si volvía a pisar tierra firme, me iría directamente a casa de mi padre y no volvería a montarme en un barco
mientras viviese; seguiría sus consejos y no volvería a verme sumido en la miseria. Ahora veía claramente

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