En el lapso de tiempo que me hallaba realizando estas tareas, salí casi todos los días con mi escopeta,
tanto para distraerme, como para ver si podía matar algo para comer y enterarme de lo que producía la
tierra. La primera vez que salí, descubrí que en la isla había cabras, lo que me produjo una gran
satisfacción, a la que siguió un disgusto, pues eran tan temerosas, sensibles y veloces, que acercarse a ellas
era lo más difícil del mundo. Sin embargo, esto no me desanimó, pues sabía que alguna vez lograría matar
alguna, lo que ocurrió en poco tiempo, porque, después de aprender un poco sobre sus hábitos, las abordé
de la siguiente manera. Había observado que si me veían en los valles, huían despavoridas, aun cuando
estuvieran comiendo en las rocas. Mas, si se encontraban pastando en el valle y yo me hallaba en las rocas
no advertían mi presencia, por lo que llegué a la conclusión de que, por la posición de sus ojos, miraban
hacia abajo y, por lo tanto, no podían ver los objetos que se hallaban por encima de ellas. Así, pues, por
consiguiente, utilicé el siguiente método: subía a las rocas para situarme encima de ellas y, desde allí, les
disparaba, a menudo, con buena puntería. La primera vez que les disparé a estas criaturas, maté a una
hembra que tenía un cabritillo, al que daba de mamar, lo cual me causó mucha pena. Cuando cayó la ma-
dre, el pequeño se quedó quieto a su lado hasta que llegué y la levanté, y mientras la llevaba cargada sobre
los hombros, me siguió muy de cerca hasta mi aposento. Entonces, puse la presa en el suelo y cogí al
pequeño en brazos y lo llevé hasta mi empalizada con la esperanza de criarlo y domesticarlo. Mas, como no
quería comer, me vi forzado a matarlo y comérmelo. La carne de ambos me dio para alimentarme un buen
tiempo, pues comía con moderación y economiza ba mis provisiones (especialmente el pan), todo lo que
podía.
Una vez instalado, me di cuenta de que sentía la necesidad imperiosa de tener un sitio donde hacer fuego
y procurarme combustible. Contaré con lujo de detalles lo que hice para procurármelo y cómo agrandé mi
cueva y las demás mejoras que introduje. Pero antes, debo hacer un breve relato acerca de mí y mis
pensamientos sobre la vida, que, como bien podrá imaginarse, no eran pocos.
Tenía una idea bastante sombría de mi condición, pues me hallaba náufrago en esta isla, a causa de una
violenta tormenta, que nos había sacado completamente de rumbo; es decir, a varios cientos de leguas de
las rutas comerciales de la humanidad. Tenía muchas razones para creer que se trataba de una
determinación del Cielo y que terminaría mis días en este lugar desolado y solitario. Lloraba amargamente
cuando pensaba en esto y, a veces, me preguntaba a mí mismo por qué la Providencia arruinaba de esta
forma a sus criaturas y las hacía tan absolutamente miserables; por qué las abandonaba de forma tan
humillante, que resultaba imposible sentirse agradecido por estar vivo en semejantes condiciones.
Pero algo siempre me hacía recapacitar y reprocharme por estos pensamientos. Particularmente, un día,
mientras caminaba por la orilla del mar con mi escopeta en la mano y me hallaba absorto reflexionando
sobre mi condición, la razón, por así decirlo, me expuso otro argumento: «Pues bien, estás en una situación
desoladora, cierto, pero por fa vor, recuerda dónde están los demás. ¿Acaso no venían once a bordo del
bote? ¿Por qué no se salvaron ellos y mo riste tú? ¿Por qué fuiste escogido? ¿Es mejor estar aquí o allá?» Y
entonces apunté con el dedo hacia el mar. Todos los males han de ser juzgados pensando en el bien que
traen consigo y en los males mayores que pueden acechar.
Entonces volví a pensar en lo bien provisto que estaba para subsistir y lo que habría sido de mí, si no
hubiese ocurrido -había, acaso, una posibilidad entre cien mil- que el barco se encallara donde lo hizo
primeramente, y hubiese sido arrastrado tan cerca de la costa, que me diese tiempo de rescatar todo lo que
pude de él. ¿Qué habría sido de mí si hubiese tenido que vivir en las condiciones en las que había llegado a
tierra, sin las cosas necesarias para vivir o para conseguir el sustento?
-Sobre todo -decía en voz alta, aunque hablando conmigo mismo -, ¿qué habría hecho sin una escopeta,
sin municiones, sin herramientas para fabricar nada ni para tra bajar, sin ropa, sin cama, ni tienda, ni nada
con que cubrirme?
Ahora tenía todas estas cosas en abundancia y me hallaba en buenas condiciones para abastecerme,
incluso cuando se me agotaran las municiones. Ahora tenía una perspectiva razonable de subsistir sin pasar
necesidades por el resto de mi vida, pues, desde el principio, había previsto el modo de abastecerme, no
solo si tenía un accidente, sino en el futuro, cuando se me hubiesen agotado las municiones y hubiese
perdido la salud y la fuerza.
Confieso que nunca había contemplado la posibilidad de que mis municiones pudiesen ser destruidas de
un golpe; quiero decir, que mi pólvora se encendiera con un rayo, y por eso me quedé tan sorprendido
cuando comenzó a tronar y a relampaguear.
Y ahora que voy a entrar en el melancólico relato de una vida silenciosa, como jamás se ha escuchado en
el mundo, comenzaré desde el principio y continuaré en orden. Según mis cálculos, estábamos a 30 de
septiembre cuando llegué a esta horrible isla por primera vez; el sol, que para nosotros se hallaba en el

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