Tenía tres cosas a mi favor: l. el mar estaba en calma, 2. la marea estaba subiendo y me impulsaría hacia
la orilla, 3. el poco viento que soplaba me empujaría hacia tierra. Así, pues, habiendo encontrado dos o tres
remos rotos que pertenecían al barco, dos serruchos, un hacha y un martillo, aparte de lo que ya había en el
arcón, me lancé al mar. La balsa fue muy bien a lo largo de una milla, más o menos, aunque se alejaba un
poco del lugar al que yo había llegado a tierra. Esto me hizo suponer que había alguna corriente y, en
consecuencia, que me encontraría con un estuario, o un río, que me sirviera de puerto para desembarcar con
mi cargamento.
Tal como había imaginado, apareció ante mí una pequeña apertura en la tierra y una fuerte corriente que
me impulsaba hacia ella. Traté de controlar la balsa lo mejor que pude para mantenerme en el medio del
cauce, pero estuve a punto de sufrir un segundo naufragio, que me habría destrozado el corazón. Como no
conocía la costa, uno de los extremos de mi balsa se encalló en un banco y, poco faltó, para que la carga se
deslizara hacia ese lado y cayera al agua. Traté con todas mis fuerzas de sostener los arcones con la
espalda, a fin de mantenerlos en su sitio, pero no era capaz de desencallar la balsa ni de cambiar de postura.
Me mantuve en esa posición durante casi media hora, hasta que la marea subió lo suficiente para nivelar y
desencallar la balsa. Entonces la impulsé con el remo hacia el canal y seguí subiendo hasta llegar a la
desembocadura de un pequeño río, entre dos orillas, con una buena corriente que impulsaba la balsa hacia
la tierra. Miré hacia ambos lados para buscar un lugar adecuado donde desembarcar y evitar que el río me
subiera demasiado, pues tenía la esperanza de ver algún barco en el mar y, por esto, quería mantenerme tan
cerca de la costa como pudiese.
A lo lejos, advertí una pequeña rada en la orilla derecha del río, hacia la cual, con mucho trabajo y
dificultad, dirigí la balsa hasta acercarme tanto que, apoyando el remo en el fondo, podía impulsarme hasta
la tierra. Mas, nuevamente, corría el riesgo de que mi cargamento cayera al agua porque la orilla era muy
escarpada, es decir, tenía una pendiente muy pronunciada, y no hallaba por dónde desembarcar, sin que uno
de los extremos de la balsa, encajándose en la tierra, la desnivelara y pusiera mi cargamento en peligro
como antes. Lo único que podía hacer era esperar a que la marea subiera del todo, sujetando la balsa con el
remo, a modo de ancla, para mantenerla paralela a una parte plana de la orilla que, según mis cálculos,
quedaría cubierta por el agua; y así ocurrió. Tan pronto hubo agua suficiente, pues mi balsa tenía un calado
de casi un pie, la impulsé hacia esa parte plana de la orilla y ahí la sujeté, enterrando mis dos remos rotos
en el fondo; uno en uno de los extremos de la balsa, y el otro, en el extremo diametralmente opuesto. Así
estuve hasta que el agua se retiró y mi balsa, con todo su cargamento, quedaron sanos y salvos en tierra.
Mi siguiente tarea era explorar el lugar y buscar un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis
bienes, a fin de que estuvieran seguros ante cualquier eventualidad. No sa bía aún dónde estaba; ni si era un
continente o una isla, si estaba poblado o desierto, ni si había peligro de animales salvajes. Una colina se
erguía, alta y empinada, a menos de una milla de donde me hallaba, y parecía elevarse por encima de otras
colinas, que formaban una cordillera en dirección al norte. Tomé una de las escopetas de caza, una de las
pistolas y un cuerno de pólvora y, armado de esta sazón, me dispuse a llegar hasta la cima de aquella
colina, a la que llegué con mucho trabajo y dificultad para descubrir mi penosa suerte; es decir, que me
encontraba en una isla rodeada por el mar, sin más tierra a la vista que unas rocas que se hallaban a gran
distancia y dos islas, aún más pequeñas, que estaban como a tres leguas hacia el oeste.
Descubrí también que la isla en la que me hallaba era estéril y tenía buenas razones para suponer que
estaba deshabitada, excepto por bestias salvajes, de las cuales aún no ha bía visto ninguna. Vi una gran
cantidad de aves pero no sabía a qué especie pertenecían ni cuáles serían comestibles, en caso de que
pudiera matar alguna. A mi regreso, le disparé a un pájaro enorme que estaba posado sobre un árbol, al lado
de un bosque frondoso y no dudo que fuera la primera vez que allí se disparaba un arma desde la creación
del mundo, pues, tan pronto como sonó el disparo, de todas partes del bosque se alzaron en vuelo
innumerables aves de varios tipos, creando una confusa gritería con sus diversos graznidos; mas, no podía
reconocer ninguna especie. En cuanto al pájaro que había matado, tenía el picó y el color de un águila pero
sus garras no eran distintas a las de las aves comunes y su carne era una carroña, absolutamente
incomestible.
Complacido con este descubrimiento, regresé a mi balsa y me puse a llevar mi cargamento a la orilla, lo
cual me tomó el resto del día. Cuando llegó la noche, no sabía qué hacer ni dónde descansar, pues tenía
miedo de acostarme en la tierra y que viniera algún animal salvaje a devorarme aunque, según descubrí más
tarde, eso era algo por lo que no tenía que preocuparme.
No obstante, me atrincheré como mejor pude, con los arcones y las tablas que había traído a la orilla, e
hice una especie de cobertizo para albergarme durante la noche. En cuanto a la comida, no sabía cómo
conseguirla; había visto sólo dos o tres animales, parecidos a las liebres, que habían salido del bosque
cuando le disparé al pájaro.

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