situación tan desgraciada, tan solo y desvalido como me hallaba. Esto me hizo saltar las lágrimas nueva-
mente, mas, como de nada me servía llorar, decidí llegar hasta el barco si podía. Así, pues, me quité las
ropas, porque hacía mucho calor, y me metí al agua. Cuando llegué al barco, me encontré con la dificultad
de no saber cómo subir, pues estaba encallado y casi totalmente fuera del agua, y no tenía nada de qué
agarrarme. Dos veces le di la vuelta a nado y, en la segunda, advertí un pequeño pedazo de cuerda, que me
asombró no haber visto antes, que colgaba de las cadenas de proa. Estaba tan baja que, si bien con mucha
dificultad, pude agarrarla y subir por ella al castillo de proa. Allí me di cuenta de que el barco estaba
desfondado y tenía mucha agua en la bodega, pero estaba tan encallado en el banco de arena dura, más bien
de tierra, que la popa se alzaba por encima del banco y la proa bajaba casi hasta el agua. De ese modo, toda
la parte posterior estaba en buen estado y lo que había allí estaba seco porque, podéis estar seguros, lo
primero que hice fue inspeccionar qué se había estropeado y qué permanecía en buen estado. Lo primero
que vi fue que todas las provisiones del barco estaban secas e intactas y, como estaba en buena disposición
para comer, entré en el depósito de pan y me llené los bolsillos de galle tas, que fui comiendo, mientras
hacía otras cosas, pues no tenía tiempo que perder. También encontré un poco de ron en el camarote
principal, del que bebí un buen trago, pues, ciertamente me hacía falta, para afrontar lo que me esperaba.
Lo único que necesitaba era un bote para llevarme todas las cosas que, según preveía, iba a necesitar.
Era inútil sentarse sin hacer nada y desear lo que no podía llevarme y esta situación extrema avivó mi
ingenio. Teníamos varias vergas, dos o tres palos y uno o dos másti les de repuesto en el barco. Decidí
empezar por ellos y lancé por la borda los que pude, pues eran muy pesados, amarrán dolos con una cuerda
para que no se los llevara la corriente. Hecho esto, me fui al costado del barco y, tirando de ellos hacia mí,
amarré cuatro de ellos por ambos extremos, tan bien como pude, a modo de balsa. Les coloqué encima dos
o tres tablas cortas atravesadas y vi que podía caminar fácilmente sobre ellas, aunque no podría llevar
demasiado peso, pues eran muy delgadas. Así, pues, puse manos a la obra nuevamente y, con una sierra de
carpintero, corté un mástil de repuesto en tres pedazos que los añadí a mi balsa. Pasé muchos trabajos y
dificultades, pero la esperanza de conseguir lo que me era necesario, me dio el estímulo para hacer más de
lo que habría hecho en otras circunstancias.
La balsa ya era lo suficientemente resistente como para soportar un peso razonable. Lo siguiente era
decidir con qué cargarla y cómo proteger del agua lo que pusiera sobre ella, lo cual no me tomó mucho
tiempo resolver. En primer lugar, puse todas las tablas que pude encontrar. Después de reflexionar sobre lo
que necesitaba más, agarré tres arcones de marinero, los abrí y vacié, y los bajé hasta mi balsa; el primero
lo llené de alimentos, es decir, pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco pedazos de carne seca de cabra, de
la cual nos habíamos alimentado durante mucho tiempo, y un sobrante de grano europeo, que habíamos
reservado para unas aves que traíamos a bordo y que ya se habían matado. Había también algo de cebada y
trigo pero, para mi gran decepción, las ratas se lo habían comido o estropeado casi en su totalidad. Encontré
varias botellas de alcohol, que pertenecían al capitán, entre las que había un poco de licor y como cinco o
seis galones de raque37 , todo lo cual, coloqué sin más en la balsa, pues no había necesidad de meterlo en los
arcones, ni espacio para hacerlo. Mientras hacía esto, noté que la marea comenzaba a subir, aunque el mar
estaba en calma y me mortificó ver que mi chaqueta, la camisa y el chaleco que había dejado en la arena, se
alejaban flotando; en cuanto a los pantalones, que eran de lino y abiertos en las rodillas, me los había
dejado puestos cuando me lancé a nadar hacia el barco y, asimismo, los calcetines. No obstante, esto me
obligó a buscar ropa, que encontré en abundancia, aunque solo cogí la que iba a usar inmediatamente, pues
había otras cosas que me interesaban más, como, por ejemplo, las herramientas. Después de mucho buscar,
encontré el arcón del carpintero que, ciertamente, era un botín de gran utilidad y mucho más valioso, en
esas circunstancias, que todo un buque cargado de oro. Lo puse en la balsa, tal y como lo había encontrado,
sin perder tiempo en ver lo que contenía, ya que, más o menos, lo sabía.


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Raque: Palabra de origen árabe con la que se denominan genéricamente los destilados alcohólicos
típicos de los países cálidos como el vino de palma o de coco.


Luego procuré abastecerme de municiones y armas. Había dos pistolas y dos escopetas de caza muy
buenas en el camarote principal. Las cogí inmediatamente, así como algunos cuernos de pólvora, una
pequeña bolsa de balas y dos viejas espadas mohosas. Sabía que había tres barriles de pólvora en el barco
pero no sabía dónde los había guardado el artillero. Sin embargo, después de mucho buscar, los encontré;
dos de ellos estaban secos y en buen estado y el otro estaba húmedo. Llevé los dos primeros a la balsa,
junto con las armas, y, viéndome bien abastecido, comencé a pensar cómo llegar a la orilla sin velas, remos
ni timón, sabiendo que la menor ráfaga de viento lo echaría todo a perder.

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