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Dunkerque: Ciudad y puerto de Francia en el mar del Norte donde, en 1658, el Ejército español fue
derrotado por los anglo-franceses.


Como yo era el tercer hijo de la familia y no me había educado en ningún oficio, desde muy pequeño me
pasaba la vida divagando. Mi padre, que era ya muy anciano, me había dado una buena educación, tan
buena como puede ser la educación en casa y en las escuelas rurales gratuitas, y su intención era que
estudiara leyes. Pero a mí nada me entusiasmaba tanto como el mar, y dominado por este deseo, me negaba
a acatar la voluntad, las órdenes, más bien, de mi padre y a escuchar las súplicas y ruegos de mi madre y
mis amigos. Parecía que hubiese algo de fatalidad en aquella propensión natural que me encaminaba a la
vida de sufrimientos y miserias que habría de llevar.
Mi padre, un hombre prudente y discreto, me dio sabios y excelentes consejos para disuadirme de llevar a
cabo lo que, adivinaba, era mi proyecto. Una mañana me llamó a su recámara, donde le confinaba la gota, y
me instó amorosamente, aunque con vehemencia, a abandonar esta idea. Me preguntó qué razones podía
tener, aparte de una mera vocación de vagabundo, para abandonar la casa paterna y mi país natal, donde
sería bien acogido y podría, con dedicación e industria, hacerme con una buena fortuna y vivir una vida
cómoda y placentera. Me dijo que sólo los hombres desesperados, por un lado, o extremadamente ambi-
ciosos, por otro, se iban al extranjero en busca de aventuras, para mejorar su estado mediante empresas
elevadas o hacerse famosos realizando obras que se salían del cami no habitual; que yo estaba muy por
encima o por debajo de esas cosas; que mi estado era el estado medio, o lo que se podría llamar el nivel
más alto de los niveles bajos, que, según su propia experiencia, era el mejor estado del mundo y el más apto
para la felicidad, porque no estaba expuesto a las miserias, privaciones, trabajos ni sufrimientos del sector
más vulgar de la humanidad; ni a la vergüenza, el orgullo, el lujo, la ambición ni la envidia de los que
pertenecían al sector más alto. Me dijo que podía juzgar por mí mismo la felicidad de este estado, siquiera
por un hecho; que este era un estado que el resto de las personas envidiaba; que los reyes a menudo se
lamentaban de las consecuencias de haber nacido para grandes propósitos y deseaban haber nacido en el
medio de los dos extremos, entre los viles y los grandes; y que el sabio daba testimonio de esto, como el
justo parámetro de la verdadera felicidad, cuando rogaba no ser ni rico ni pobre 4 .
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Proverbios 30:8: «No me des pobreza ni riqueza.»
Me urgió a que me fijara y me diera cuenta de que los estados superiores e inferiores de la humanidad
siempre sufrían calamidades en la vida, mientras que el estado medio padecía menos desastres y estaba
menos expuesto a las vicisitudes que los estados más altos y los más bajos; que no padecía tantos
desórdenes y desazones del cuerpo y el alma, como los que, por un lado, llevaban una vida llena de vicios,
lujos y extravagancias, o los que, por el otro, sufrían por el trabajo excesivo, la necesidad y la falta o
insuficiencia de alimentos y, luego, se enfermaban por las consecuencias naturales del tipo de vida que
llevaban; que el estado medio de la vida proveía todo tipo de virtudes y deleites; que la paz y la plenitud
estaban al servicio de una fortuna media; que la templanza, la moderación, la calma, la salud, el sosiego, to-
das las diversiones agradables y todos los placeres deseables eran las bendiciones que aguardaban a la vida
en el estado medio; que, de este modo, los hombres pasaban tranquila y silenciosamente por el mundo y
partían cómodamente de él, sin avergonzarse de la labor realizada por sus manos o su mente, ni venderse
como esclavos por el pan de cada día, ni padecer el agobio de las circunstancias adversas que le roban la
paz al alma y el descanso al cuerpo; que no sufren por la envidia ni la secreta quemazón de la ambición por
las grandes cosas, más bien, en circunstancias agradables, pasan suavemente por el mundo, saboreando a
conciencia las dulzuras de la vida, y no sus amarguras, sintiéndose felices y dándose cuenta, por las
experiencias de cada día, de que realmente lo son.
Después de esto, me rogó encarecidamente y del modo más afectuoso posible, que no actuara como un
niño, que no me precipitara a las miserias de las que la na turaleza y el estado en el que había nacido me
eximían. Me dijo que no tenía ninguna necesidad de buscarme el pan; que él sería bueno conmigo y me
ayudaría cuanto pudiese a entrar felizmente en el estado de la vida que me había estado aconsejando; y que
si no me sentía feliz y cómodo en el mundo, debía ser simplemente por mi destino o por mi culpa; y que él
no se hacía responsable de nada porque había cumplido con su deber, advirtiéndome sobre unas acciones
que, él sabía, podían perjudicarme. En pocas palabras, que así como sería bueno conmigo si me quedaba y
me asentaba en casa como él decía, en modo alguno se haría partícipe de mis desgracias, animándome a
que me fuera. Para finalizar, me dijo que tomara el ejemplo de mi hermano mayor, con quien había emplea-
do inútilmente los mismos argumentos para disuadirlo de que fuera a la guerra en los Países Bajos, quien
no pudo controlar sus deseos de juventud y se alistó en el ejército, donde murió; que aunque no dejaría de
orar por mí, se atrevía a decirme que si no desistía de dar un paso tan absurdo, no tendría la bendición de

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