Entonces retrocedió hasta la parte más delgada de la rama, que se doblaría con su peso y, deslizándose
suavemente, se colgó de ella hasta que casi tocó el suelo con los pies. Dio un pequeño salto y corrió hasta
su fusil. Lo preparó y se quedó quieto aguardando.
-Bien, Viernes -le pregunté-, ¿qué pretendes hacer ahora? ¿Por qué no le disparas?
-No disparar -me respondió-. No ahora. Si dispara ahora no mata. Yo espero y hago más reír.
Y en efecto lo logró, pues el oso, al ver que su adversario huía, retrocedió y comenzó a bajar por la rama,
con mu cho cuidado y mirando hacia atrás a cada paso. Luego apo yó una de las patas traseras en el tronco,
se agarró fuertemente y prosiguió su descenso lentamente, apoyando solo una pata a la vez. En el preciso
momento en que apoyó la primera pata en el suelo, Viernes se acercó al animal, le puso la punta del fusil en
la oreja y le disparó, dejándolo muerto como una piedra.
Entonces, el muy bandido se volvió hacia nosotros para ver si nos había hecho gracia y como vio que
estábamos satisfechos, se echó a reír estrepitosamente y nos dijo:
-Así nosotros matamos oso en mi país.
-¿Así los matáis? -le pregunté, pero si no tenéis fusiles.
-No -contestó-, no fusiles pero dispara flecha larga mucha.
Esto nos divirtió mucho pero nos encontrábamos en un lugar desierto, nuestro guía estaba gravemente
herido y no teníamos idea de lo que debíamos hacer. Los aullidos de los lobos aún resonaban en mi cabeza
y, aparte del ruido que escuché una vez en las costas de África, del que ya he hablado, jamás había oído
nada que me inspirara tanto temor.
Esto y la proximidad de la noche, nos alertó. Viernes nos sugirió que le quitásemos la piel a aquel
monstruoso animal, pues valía la pena conservarla, pero todavía nos quedaban tres leguas que recorrer y el
guía comenzaba a mostrarse impaciente. Lo dejamos, pues, y proseguimos nuestro camino.
La tierra aún estaba cubierta de nieve, aunque ya no tan espesa ni tan peligrosa como en los montes. Las
jaurías de lobos salvajes, según nos enteramos después, habían des cendido al bosque y a las llanuras,
acosados por el hambre, en busca de alimento. De este modo, causaron grandes estragos en las aldeas,
donde tomaron por sorpresa a los campesinos y devoraron una gran cantidad de ovejas y caballos e,
incluso, algunas personas.
Aún teníamos que cruzar un tramo difícil, según nos informó nuestro guía, y si había lobos en la región,
seguro que los encontraríamos allí. Era una pequeña llanura, ro deada de bosques por todos lados,
terminada en un largo y estrecho desfiladero, que teníamos que cruzar para poder atravesar el bosque y
llegar al pueblo donde debíamos pasar la noche.
Media hora antes de la puesta del sol, llegamos al primer bosque y, al caer la noche, alcanzamos la
pequeña lla nura. Al principio, no nos topamos con nada, excepto en un pequeño claro, que no tendría más
de un cuarto de milla de extensión, donde vimos cinco enormes lobos cruzando el camino, en fila y a gran
velocidad, como si estuviesen persiguiendo una presa. Ni siquiera advirtieron nuestra presencia y pronto
desaparecieron de nuestra vista.
Ante esto, nuestro guía, que dicho sea de paso era un miserable cobarde, nos ordenó estar alertas, pues
creía que vendrían más lobos.
Preparamos nuestras armas y nos mantuvimos en guardia pero no volvimos a ver otro lobo hasta que
atravesamos el bosque y llegamos a la llanura que estaba a media legua. Cuando llegamos a ella, pudimos
ver claramente a nuestro alrededor. Lo primero que nos encontramos fue un caballo muerto, es decir, un
pobre caballo que los lobos habían matado. Había al menos una docena de ellos, royendo los huesos, pues
ya se habían comido toda la carne.
No nos pareció prudente molestarlos en medio de su festín y tampoco ellos se fijaron mucho en nosotros.
Viernes hubiera querido dispararles pero se lo prohibí ter minantemente, temiendo que la situación se nos
fuera de las manos. No habíamos atravesado aún la mitad de la llanura cuando comenzamos a escuchar
aullidos aterradores que provenían del bosque a nuestra izquierda. Al instante, vimos como a cien lobos que
se aproximaban a nosotros en fila, con algunos líderes en la delantera, como un ejército guiado por oficiales
expertos. Apenas si sabía qué hacer para enfrentarnos a ellos pero me pareció que la mejor manera de
hacerlo era formando un frente cerrado, lo cual hicimos a toda velocidad. Como entre cada ráfaga de tiros
no tendríamos mucho tiempo para recargar las armas, di órdenes de que solo disparase un hombre a la vez,
mientras el resto se preparaba para la segunda descarga, en caso de que los lobos siguieran avanzando hacia
nosotros. Los primeros en disparar no debían demorarse en volver a cargar su armas, sino echar mano de

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