-¿Devorar mí? ¿Devorar mí? -repitió Viernes-, yo devorar él. Yo hago reír. Todos se quedan aquí. Yo
hago reír.
Se sentó en el suelo, se quitó las botas rápidamente y se puso un par de zapatos que llevaba en el bolso.
Le entregó su caballo a mi otro criado y, armado con su fusil, salió corriendo como el viento.
El oso proseguía su camino tranquilamente, sin pensar en atacar a nadie, hasta que Viernes, ya muy cerca
de él, se puso a llamarlo como si el animal pudiese entenderlo.
-¡Oye, oye! ¡Hablo contigo!
Seguimos a Viernes a cierta distancia pues, habiendo descendido los montes gascones, nos hallábamos en
un valle despejado, en el que solo había algunos árboles dispersos aquí y allá.
Viernes estaba, como he dicho, detrás del oso. Rápidamente, se llegó hacia donde estaba y, tomando una
piedra, se la lanzó, dándole en la cabeza pero sin hacerle más daño que si la hubiese lanzado contra una
pared. No obstante, logró el efecto deseado, pues el muy bandido, sin el más mínimo temor, tan solo
pretendía que el oso lo persiguiera para hacernos reír.
Tan pronto sintió la pedrada y lo vio, el oso se dio la vuelta y comenzó a perseguirlo con unas zancadas
largas y diabólicas, moviéndose irregularmente, a la velocidad del trote de un caballo. Viernes comenzó a
correr y se encami nó hacia nosotros, como pidiendo socorro, así que decidimos dispararle al oso todos a la
vez, para salvar a mi siervo. Yo estaba furioso con Viernes por haber atraído el oso hacia nosotros, cuando
el animal no tenía intenciones de atacarnos, y luego salir corriendo en otra dirección. Le grité:
-Perro, ¿es esta tu manera de hacernos reír? ¡Ven aquí y coge tu caballo para que podamos dispararle al
oso!
Me oyó gritar y respondió:
-¡No dispares! ¡No dispares! Tranquilos. Se ríen mucho.
Por cada paso del oso, el ágil muchacho daba dos y, así, giró de repente muy cerca de nosotros y nos hizo
señas para que le siguiéramos. Viendo un enorme roble, como puesto allí para sus propósitos, se subió a él,
dejando el fusil en el suelo a cinco o seis yardas de allí.
Mientras nosotros los seguíamos a cierta distancia, el oso llegó al árbol rápidamente. Lo primero que
hizo fue acercarse al fusil y olisquearlo mas no tardó en abandonar lo. Se agarró del tronco del árbol y
comenzó a trepar como un gato, a pesar de su tamaño. Yo estaba perplejo ante la locura de mi siervo y no
veía el menor motivo de risa hasta que el oso se encaramó en el árbol.
Nos acercamos y vimos que Viernes había alcanzado el extremo de una rama muy gruesa y el oso había
avanzado la mitad del camino hacia él. Cuando el oso llegó a la parte más delgada de la ra ma, nos gritó:
-¡Ah! Mirar que enseño oso a bailar.
Se puso a saltar y a sacudir la rama, ante lo cual, el oso se puso a temblar sin atreverse a avanzar y
mirando hacia atrás para ver cómo regresar. Esto en verdad nos hizo reír a carcajadas. Pero aún no había
terminado la broma. Cuando Viernes advirtió que se quedaba quieto, volvió a llamarlo como si el oso
entendiese el inglés.
-¿No avanzas más? Te pido que acerques.
Dejó de sacudir la rama y el oso, como si hubiese comprendido, avanzó un poco más. Entonces comenzó
a saltar nuevamente y el oso se detuvo.
Pensamos que era un buen momento para dispararle a la cabeza y le grité a Viernes que se estuviese
quieto para que pudiésemos hacerlo. Mas nos respondió enérgicamente:
-¡Oh, ruego! ¡Oh, ruego! No dispares. Yo disparo entonces.
Quería decir después. Pero, para hacer el cuento corto, diré que Viernes bailoteaba de tal forma y el oso
adoptaba unas posturas tan graciosas que nos reímos muchísimo. No obstante, todavía no sabíamos cuál era
su intención pues, primero pensamos que quería tirar abajo al animal pero el oso era muy astuto y se
agarraba tan fuertemente a la rama para no caer, que no teníamos idea del modo en que acabaría la broma.
En el acto, Viernes nos sacó de dudas pues, advirtiendo que el oso se mantenía aferrado a la rama y no
estaba dispuesto a avanzar, le dijo:
-Bien, tú no quieres venir cerca. Yo voy cerca. Tú no vienes, yo voy.

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