no fue tan elevada como después. Debo, daros, empero, cuenta precisa de todo lo que he recibido y de la
forma en que he dispuesto de ello.
Al cabo de varios días de conversaciones con este viejo amigo, me trajo la cuenta de los pagos por los
primeros seis años de ingresos de la plantación, firmada por mi socio y los administradores, que siempre se
efectuó en especias tales como rollos de tabaco, toneles de azúcar, ron, melaza, etc., que son los bienes que
produce una plantación de azúcar. Por esta cuenta, descubrí que los ingresos aumentaban con-
siderablemente por año aunque, según se ha dicho, como el desembolso inicial fue grande, las primeras
cuentas eran bajas. No obstante, el anciano me dijo que me debía cuatrocientos setenta moidores de oro,
aparte de sesenta toneles de azúcar y quince rollos dobles de tabaco, que se habían perdido en un naufragio
que sufrió en el camino de vuelta a Lisboa hacía once años.
El buen hombre comenzó entonces a lamentarse de sus desgracias, que lo habían forzado a utilizar mi
dinero para cubrir sus pérdidas y comprar una participación en un nuevo navío.
-Empero, mi viejo amigo -dijo el anciano-, no care ceréis de recursos y tan pronto regrese mi hijo,
quedaréis plenamente satisfecho.
Diciendo esto, sacó una vieja bolsa y me entregó, a modo de garantía, ciento sesenta y seis moidores de
oro portugueses y los títulos de derechos sobre el navío en el que había ido su hijo a Brasil, del cual poseía
una cuarta parte de las participaciones y su hijo, una más.
Me sentí tan conmovido por la honestidad y la amabilidad del pobre viejo, que no pude resistirlo y,
recordando todo lo que había hecho por mí cuando me rescató del mar, su trato generoso y, sobre todo, su
sinceridad en este momento, apenas podía contener las lágrimas ante sus palabras. Por tanto, le pregunté, en
primer lugar, si sus circunstancias le permitían prescindir de tanto dinero de una vez sin que se viese
perjudicado. Me contestó que le quebrantaría un poco pero que el dinero era mío y, posiblemente, lo
necesitaría más que él.
Todas las palabras del pobre hombre estaban tan carga= das de afecto, que yo apenas podía contener las
lágrimas, Resumiendo, tomé cien moidores y le pedí una pluma y tin ta para firmar un recibo. Le devolví el
resto y le dije que si algún día recuperaba la plantación, se lo devolvería, como en efecto, hice después.
Respecto a los títulos de derechos sobre el navío; no podía aceptarlos bajo ninguna circunstancia pues, si
alguna vez necesitaba el dinero, sabía que él era lo suficientemente honrado como para pagármelo y si, por
el contrario, recuperaba lo que él me había dado esperanzas de recuperar, jamás le pediría un centavo.
Entonces, el anciano me preguntó si podía hacer algo para ayudarme a reclamar mi plantación. Le dije
que pensaba ir personalmente. Me respondió que le parecía razonable pero que no había necesidad de que
hiciera un viaje tan largo para reclamar mis derechos y recuperar mis ganancias. Como había muchos
barcos en el río de Lisboa, listos para zarpar hacia Brasil, inmediatamente me hizo escribir mi nombre en
un registro público, junto con una declaración jurada que aseguraba que yo estaba vivo y era la misma per-
sona que había comprado la tierra para cultivar dicha plantación.
Regularizamos la declaración ante un notario y me re comendó agregar un poder legalizado y enviarlo
todo con una carta, de su puño y letra, a un comerciante conocido suyo, que vivía allí. Después me propuso
que me hospedara en su casa hasta tanto llegase la respuesta.
Jamás se realizó trámite más honorable que este, pues, en menos de siete meses, me llegó un paquete de
parte de los herederos de mis difuntos administradores, por cuenta de quienes me había embarcado, que
contenía los siguientes documentos y cartas:
En primer lugar, el informe de la producción de mi hacienda o plantación durante los seis años que sus
padres habían saldado con mi viejo capitán portugués. El balance daba un beneficio de mil ciento setenta y
cuatro moidores a mi favor.
En segundo lugar, el informe de los cuatro años siguientes, durante los cuales, los bienes habían
permanecido en su poder antes de que el gobierno reclamase su administra ción, por ser los bienes de una
persona desaparecida; lo que ellos llamaban, muerte civil. Dado el aumento en el valor de la plantación, el
balance de dicha cuenta era de treinta y ocho mil ochocientos noventa y dos cruzeiros, que equivalen a tres
mil doscientos cuarenta y un moidores.
En tercer lugar, el info rme del prior de los agustinos que había recibido los beneficios de mis rentas
durante más de catorce años. No teniendo que reembolsar lo que había sido utilizado a favor del hospital,
honestamente declaraba que aún le quedaban sin distribuir ochocientos setenta y dos moidores que me
pertenecían. De la parte del rey, nada me fue reembolsado.

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