Como no queríamos que supieran que yo era el gobernador, me presenté como si fuera otra persona y les
hablé del gobernador, las guarniciones, el castillo y todo lo demás.
El capitán no tenía otra dificultad que aparejar sus dos chalupas, tapar el agujero que tenía una de ellas y
comandarías. Le dio el mando de una a su pasajero, que iría con cuatro hombres y él con su segundo de
abordo y cinco más tripularían la otra. Calculó su plan a la perfección. Llegaron al barco a medianoche y
tan pronto estuvieron lo suficientemente cerca como para que pudiesen escucharlos, le ordenó a :Robinson
que los llamara y les dijera que regresaban con la gente y la chalupa pero que les había tomado mucho
tiempo encontrarlos. Así los entretuvo hasta que los otros, que venían detrás, se acercaron al barco.
Entonces, el capitán y el segundo de abordo entraron con sus armas y derribaron de un culatazo al que
estaba de segundo y al carpintero, fielmente secundados por el resto de sus hombres. Aseguraron el alcázar
y cerraron todas las escotillas para impedir que salieran los que estaban abajo. Los que iban en la otra
chalupa subieron por las cadenas de proa y aseguraron el castillo de proa y la escotilla que conducía a la
cocina, donde capturaron tres prisioneros.
Cuando hubieron terminado y se hallaron seguros en cubierta, el capitán les ordenó al segundo de abordo
y a otros tres hombres irrumpir en el camarote principal donde se hallaba el nuevo capitán rebelde. A la
primera señal de alarma, este había recogido unas armas y se había atrincherado allí con dos marineros y un
grumete. Cuando el segundo, valiéndose de una palanca, echó abajo la puerta, el nuevo capitán y sus
hombres abrieron fuego contra ellos. Al segundo le hicieron una herida de mosquete en el brazo e hirieron a
dos más pero ninguno resultó muerto.
Mientras pedía ayuda, el segundo, herido como estaba, entró en el camarote principal y le disparó al
nuevo capitán. La bala le entró por la boca y le salió por detrás de la oreja, de modo que no volvió a
pronunciar palabra nunca más. Ante esto, los demás se rindieron y el barco pudo recuperarse sin que se
perdieran más vidas.
Tan pronto recuperaron el barco, el capitán ordenó que se dispararan siete cañonazos, que era la señal
acordada para informarme del éxito de la empresa. Podéis estar segu ros de que los escuché con gran
placer, dado que estuve en vela, sentado en la playa, desde las dos de la madrugada.
Cuando escuché la señal, me recosté y, como aquel había sido un día agotador, me dormí profundamente
hasta que me sorprendió el estrépito de otro cañonazo. Mientras me ponía en pie, oí la voz de un hombre
que me llamaba «Gobernador, Gobernador» y de inmediato reconocí la voz del capitán. Subí rápidamente
hasta la punta de la colina y lo hallé, apuntando hacia el barco. Me abrazó y me dijo:
-Mi querido amigo y salvador, ahí está vuestro barco; es todo vuestro, con todo lo que lleva a bordo y
todos los miembros de su tripulación.
Miré hacia la nave y la divisé a un poco más de media milla de la playa, pues, tan pronto como la
hubieron recuperado, levaron anclas y, aprovechando el buen tiempo, la llevaron hasta la embocadura de la
pequeña ensenada, donde volvieron a anclarla. Como la marea estaba alta, el capitán había traído la chalupa
hasta el lugar donde yo había lle gado con mis balsas y había desembarcado justamente frente a mi puerta.
Al principio, estuve a punto de desmayarme de la emo ción, pues veía mi liberación claramente en mis
manos. Todo parecía favorable y tenía un gran barco listo para lle varme a donde quisiera. Durante un
tiempo, no fui capaz de decirle una palabra y cuando me abrazó, me sujeté a él fuertemente para no caer al
suelo.
Advirtió mi conmoción e, inmediatamente, sacó una botella de su bolsillo y me ofreció un trago de un
licor que había traído expresamente para mí. Lo bebí y me senté en el suelo pero, a pesar de que me hallaba
más calmado, no pude decirle ni una palabra.
Entonces, yo le abracé como a mi salvador y nos felicitamos mutuamente. Le dije que le veía como a un
enviado del cielo para mi salvación y que todo lo ocurrido me pare cía una cadena de milagros; que estas
cosas eran testimonio de que la Providencia rige al mundo con mano secreta y evidencia de que los ojos de
un poder infinito podían ver hasta en el lugar más recóndito de la tierra y ayudar a los misera bles cuando Él
lo deseaba.
No olvidé elevar al cielo el agradecimiento de mi cora zón, pues, ¿qué corazón se resistiría a bendecirle a
Él, que había socorrido milagrosamente a alguien que se encontra ba en una situación tan desoladora? De
Él provenía toda salvación y todos debíamos darle gracias por ello.
Después de conversar un rato, el capitán me dijo que me había traído algunas de las provisiones que
había en el barco y que habían podido rescatar del prolongado saqueo de los amotinados. De inmediato,
llamó a los que estaban en la chalupa y les ordenó que trajeran los regalos destinados al gobernador.

108