promontorio que estaba como a media milla, gritarían lo más fuertemente que pudieran y esperarían hasta
que los marineros los oyeran. Después que les hubiesen contestado, debían regresar, manteniéndose ocultos
y respondiendo a sus gritos, a fin de adentrarlos lo más posible en el bosque, dando un largo rodeo por
ciertos caminos que les señalé, hasta llegar a donde estábamos nosotros.
Los marineros estaban llegando al bote cuando Viernes y el segundo de abordo comenzaron a aullar. Los
escucharon y, en el acto, les contestaron y comenzaron a correr a lo largo de la costa en dirección oeste,
hacia el lugar de donde provenía la voz. Se detuvieron cuando llegaron al río pues estaba demasiado
crecido en ese momento como para cru zarlo. Entonces, llamaron a los que estaban en la chalupa para que
se llegaran hasta allí y les ayudaran a cruzar, tal y como yo lo esperaba.
Cuando alcanzaron la otra orilla, observé que la chalupa se había internado un buen trecho en el río y
había llegado a una especie de puerto en la tierra. Uno de los tres hombres que iban a bordo se unió a los
demás, dejando a los otros dos a cargo de ella, después de amarrarla al tronco de un pequeño árbol que
estaba en la orilla.
Esto era lo que yo esperaba, así que dejé a Viernes y al segundo de abordo a cargo de su parte. Yo me fui
con los otros y, cruzando la ensenada sin ser vistos, sorprendimos a los dos hombres antes de que pudiesen
darse cuenta; uno de ellos estaba acostado en el bote y el otro, en la playa. El que estaba acostado en la
playa parecía estar entre dormido y despierto y cuando se fue a poner de pie, el capitán, que iba delante, se
abalanzó sobre él y lo derribó. Entonces, le gritó al que estaba en la chalupa que se rindiera o sería hombre
muerto.
No eran necesarios demasiados argumentos para que un hombre solo se rindiera frente a cinco, cuando su
compañero se hallaba derribado en el suelo. Además, al pare cer, este era uno de los tres que no había
participado activamente en el motín, como el resto de la tripulación, por lo que, pudimos persuadirlo
fácilmente, no solo de rendirse, sino de unirse sinceramente a nosotros.
Mientras tanto, Viernes y el segundo de abordo cumplían cabalmente su misión con los demás marineros.
Gritando y aullando, los condujeron de colina en colina y de bosque en bosque hasta dejarlos, totalmente
agotados, en un lugar tan apartado, que les sería imposible regresar a la chalupa antes del anochecer. En
verdad, ellos mismos estaban extenuados cuando se reunieron con nosotros.
No podíamos hacer más que espiarlos en la oscuridad para poder atacarlos con éxito. Habían transcurrido
varias horas desde que Viernes se había reunido con nosotros cuando los marineros llegaron a la chalupa.
Desde lejos, podíamos escuchar a los que venían delante diciéndoles a los demás que apuraran el paso, a lo
que estos respondían quejándose y diciendo que estaban tan fatigados que no podían hacerlo. Esto nos
alegró mucho.
Finalmente, llegaron a la chalupa. Sería imposible describir la confusión que sintieron al verla en seco,
pues la ma rea había bajado, y no hallar a sus dos compañeros. Llama ban a uno y otro de una forma que
daba pena y se decían que se encontraban en una isla encantada; que si estaba habitada por hombres, serían
asesinados, y si lo que había eran demonios o espíritus, serían raptados y devorados.
Se pusieron a gritar nuevamente y a llamar a sus compañeros por sus nombres pero no obtuvieron
respuesta. Poco después a pesar de la poca claridad, pudimos ver que corrían de un lado a otro,
retorciéndose las manos, como enloquecidos. Se sentaban un momento en la chalupa a descansar y luego
volvían a la playa, y así estuvieron mucho rato.
Mis hombres estaban deseosos de que les diera la orden de atacarlos, aprovechando la oscuridad, pero yo
quería esperar la ocasión más ventajosa, a fin de que muriera la me nor cantidad de gente posible. En
particular, quería proteger a mis hombres pues sabía que los marineros estaban bien armados. Decidí
esperar, por ver si se separaban y, para protegernos de ellos, acercamos nuestra emboscada. Le ordené a
Viernes y al capitán que se arrastraran a gatas, lo más agachados que pudieran para no ser descubiertos y se
aproximaran al enemigo antes de atacarlo.
Llevaban poco tiempo en esta posición cuando el contramaestre, que había sido el líder del motín y ahora
se mostraba corno el más cobarde y des esperado de todos, se acer có hasta donde se hallaban mis hombres
con dos miembros de la tripulación. El capitán estaba tan impaciente de ver casi en su poder al principal
culpable, que apenas podía esperar a acercarse para asegurar el golpe. Hasta ese mom ento, solo habían
podido escuchar su voz pero cuando los tuvieron a tiro, Viernes y el capitán se pusieron en pie de un salto y
abrieron fuego sobre ellos.
El contramaestre cayó muerto en el acto; el segundo cayó muy mal herido cerca de él y murió al cabo de
una o dos horas; el tercero pudo escapar.

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