Cuando hubimos llevado todo esto a la costa (ya habíamos cogido los remos, el mástil, la vela y el timón
del bote, como he dicho anteriormente), le abrimos un gran agujero en á fondo, de modo que, si venían con
fuerzas para derrotarnos, no pudiesen llevársela.
La verdad es que no estaba convencido de que pudiésemos recuperar el barco pero pensaba que, si se
iban sin la chalupa, podríamos arreglarla para que pudiera transpor tarnos hasta las Islas de Sotavento y en
el camino recogeríamos a nuestros amigos españoles, a quienes recordaba constantemente.
Habíamos arrastrado la chalupa hasta la playa, tierra adentro, para que la marea no pudiera llevársela y le
hicimos un agujero en el fondo, lo suficientemente grande como para que no pudiese taponarse fácilmente.
De pronto, mientras nos debatíamos sobre qué hacer, escuchamos un cañonazo que procedía del barco y
advertimos que hacían señales para llamar a la chalupa a bordo, pero como esta no se movía, dispararon
varias veces más y le hicieron nuevas señales.
Finalmente, cuando se dieron cuenta de que las señales y los cañonazos eran inútiles y que la chalupa no
regresaba, vimos con la ayuda de mi catalejo que echaban al agua otra chalupa y remaban hacia la orilla. A
medida que se aproximaban, pudimos ver que venían al menos diez a bordo y que traían armas de fuego.
Puesto que el barco estaba anclado a casi dos leguas de la costa, podíamos verlos claramente mientras se
acercaban, incluso sus rostros, pues la marea los había hecho desplazar se un poco hacia el este y remaban
de frente a la orilla, hacia el lugar donde había desembarcado la otra chalupa.
De este modo, como he dicho, podíamos verlos claramente. El capitán reconocía la fisionomía y el
carácter de todos los hombres que iban en la chalupa. Nos dijo que en tre ellos había tres hombres muy
honrados que, dominados o aterrorizados por el resto, se habían visto obligados a participar en el motín,
pero el contramaestre, que parecía ser el jefe del grupo, y los demás, eran los más temibles de toda la
tripulación y estarían, sin duda, empecinados en proseguir su nueva empresa. Ante esto, el capitán se
mostró muy inquieto, pues temía que fuesen demasiado fuertes para nosotros.
Le sonreí diciéndole que en nuestras circunstancias debíamos superar el miedo y, pues, como cualquier
situación sería mejor que esta en la que nos encontrábamos, debía mos esperar que el resultado de todo esto
fuera la libera ción, tanto si vivíamos como si moríamos. Le pregunté su opinión sobre las circunstancias de
mi vida y si no le parecía que merecía la pena arriesgarse por la libertad.
-Y, ¿dónde está, señor -le dije-, esa confianza en que yo había sobrevivido en esta isla con el propósito de
salvarle la vida, que hace un momento le hizo emocionarse? Por mi parte, no veo más que un contratiempo
en todo este asunto.
-¿Cuál es? -preguntó.
-Que entre esa gente, como habéis dicho, hay tres o cuatro hombres honrados a los que es preciso
perdonar. Si todos fueran de la misma calaña que el resto de la tripulación, habría creído que la Providencia
los había escogido para que cayesen en vuestras manos. Mas, tened fe en que todo hombre que
desembarque será tomado prisionero y vivirá o morirá, según se comporte con nosotros.
Le hablé firmemente pero con moderación y me di cuenta de que le había infundido una gran confianza.
Así, pues, nos dispusimos a afrontar el problema con decisión y, desde que vimos la chalupa alejarse del
navío, retiramos a nuestros prisioneros y los pusimos a buen recaudo.
Había dos de quienes el capitán estaba un poco receloso, y los hice conducir por Viernes y uno de los tres
hombres (de los liberados) hacia mi cueva, donde estarían lo suficientemente lejos y fuera de peligro como
para ser descubiertos o escuchados, o para encontrar el camino de vuelta a través del bosque si lograban
escapar. Allí los dejaron atados con algunas provisiones y les prometieron que si se estaban quietos, los
liberaríamos en uno o dos días; pero si intentaban escapar, les ajusticiaríamos sin misericordia. Juraron
sinceramente que soportarían la prisión con paciencia y les agradecieron el buen trato, las provisiones y las
velas, pues Viernes les dio unas velas (de las que hacíamos nosotros) para que estuviesen más cómodos y
les dio a entender que se quedaría vigilando en la entrada de la cueva.
Los demás prisioneros recibieron mejor trato, aunque dos de ellos permanecieron atados, ya que el
capitán no se fiaba de ellos. Los otros dos, fueron puestos bajo mis órdenes por recomendación del capitán,
con la solemne prome sa de vivir o morir con nosotros. De esta forma, contándolos a ellos y a los tres
marineros honrados; sumábamos siete hombres bien armados. No dudaba que podríamos enfrentarnos a los
diez que venían, teniendo en cuenta que el capitán había dicho que entre ellos también había tres o cuatro
hombres honestos.

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