En medio de esta conversación, advertimos que algunos comenzaban a despertar y vimos que dos de
ellos se habían puesto en pie de un salto. Le pregunté si eran los hombres, que, según me había dicho,
habían organizado el motín y me dijo que no.
-Entonces, dejadlos escapar -le dije -, pues parece que la Providencia los ha despertado a propósito para
que se salven. Ahora bien, si los demás escapan, será por vuestra culpa.
Animado por esto, agarró el mosquete que le había dado y, con una pistola en el cinturón, avanzó con sus
dos compañeros, cada uno de los cuales llevaba un arma en la mano. Los dos hombres que iban delante
hicieron algún ruido y uno de los marineros se volvió. Viéndolos acercarse, comenzó a gritarles a los demás
pero ya era demasiado tarde, pues, tan pronto comenzó a gritar, abrieron fuego; me refiero a los dos
hombres, pues el capitán, prudentemente, reservaba su carga. Apuntaron con tanta precisión a los hombres
que conocían, que uno de ellos cayó muerto en el acto y el otro quedó gravemente herido. Este intentó
incorporarse y empezó a gritar, llamando a los otros para que viniesen a socorrerlo. Mas el capitán se le
acercó y le dijo que era muy tarde para pedir auxilio y que más le convenía pedirle perdón a Dios por su
traición. Diciendo estas palabras, lo derribó de un culatazo de su mosquete de modo que no pudo volver a
hablar nunca más. Había tres más en el grupo y uno de ellos estaba levemente herido. Entonces, me
aproximé y, cuando vieron el peligro y que era en vano resistirse, suplicaron misericordia. El capitán les
dijo que les perdonaría la vida si le aseguraban que se arrepentían de la traición que habían cometido y le
juraban lealtad para recuperar el barco y llevarlo a Jamaica, de donde habían zarpado. Le dieron todas las
muestras de sinceridad que pudieron y, como él estaba dispuesto a creerles y a perdonarles la vida, no me
opuse pero exigí que permanecieran atados de pies y manos mientras estuviesen en la isla.
Mientras tanto, envié a Viernes a la chalupa con el segundo de abordo y le ordené que la asegurara y
trajera los remos y la vela, En eso los otros tres hombres, que se habían ido en otra dirección (felizmente
para ellos) regresaron al escuchar los disparos y, al ver a su capitán, que antes había sido su prisionero,
convertido en vencedor, accedieron a ser atados como los demás y, así, nuestra victoria fue total.
Solo restaba que el capitán y yo nos contáramos nuestras respectivas circunstancias. A mí me tocó
empezar y le conté toda mi historia, que él escuchó con mucha atención, e incluso asombro, en especial, la
forma milagrosa en la que había conseguido provisiones y municiones. Como toda mi historia es un cúmulo
de milagros, quedó profundamente sobrecogido. Mas, cuando se puso a reflexionar sobre sí mismo y
consideró que yo había sido salvado en este lugar para salvarle la vida, comenzó a llorar y no pudo seguir
hablando.
Finalizada esta conversación, le conduje junto con sus dos hombres a mi habitación, llevándolos por
donde yo había salido, es decir, por lo alto de la casa. Allí les brindé to das las provisiones que tenía y les
mostré los inventos que había realizado en mi larga estancia en este lugar.
Todo lo que les mostraba, y les decía, los dejaba profundamente admirados pero, sobre todo, el capitán se
quedó muy sorprendido ante mi fortificación y el modo en que había logrado ocultar mi vivienda entre el
bosquecillo. Como hada más de veinte años que lo había plantado y, como allí los árboles crecían mucho
más rápidamente que en Inglaterra, se había convertido en un frondoso bosque, M posible de atravesar por
ninguna de sus partes, excepto por un costado en el que había un tortuoso pasadizo. Le dije que aquel en mi
castillo y mi residencia pero que además tenía una residencia de descanso en el campo, como la mayoría de
los príncipes, donde podía retirarme de vez en cuando. Le dije que se la mostraría cuando tuviera ocasión
pero que, ahora, teníamos que ocuparnos de ver cómo recuperar el barco. Estuvo de acuerdo conmigo pero
me, confesó que no tenía idea de cómo hacerlo, pues aún quedaban veintiséis hombres a bordo, que habían
participado en una conspiración maldita, y que, a estas alturas, no estarían dispuestos a renunciar a ella.
Seguirían, pues, adelante, sabiendo que, si eran derrotados, serían llevados a la horca tan pronto llegaran a
Inglaterra o a cualquiera de sus colonias. Por lo tanto, nosotros, siendo tan pocos, no podíamos atacarlos.
Me quedé pensando largamente en lo que me había dicho y me pareció que sus opiniones eran sensatas.
Teníamos que pensar rápidamente en la forma de atacar por sorpresa a la tripulación o de evitar que
cayeran sobre nosotros y nos mataran.. De pronto, se me ocurrió que, en poco tiempo, la tripulación
empezaría a preguntarse qué les habría ocurrido a sus compañeros que habían salido en la chalupa y, sin
duda, vendrían a tierra a buscarlos, seguramente armados; y con fuerzas superiores a las nuestras. Al
capitán le pareció que esta presunción era razonable.
Entonces, le dije que lo primero que debíamos hacer era evitar que se llevaran la chalupa, que estaba en
la playa, vaciándola para que no pudieran utilizarla. Así, pues, nos dirigimos a la barca y retiramos las
armas que aún quedaban a bordo y todo lo que encontrarnos: una botella de brandy y otra de ron, algunas
galletas, un cuerno de pólvora y un gran terrón de azúcar envuelto en un trozo de lienzo. Todo lo recibí con
agrado, en especial, el brandy y el azúcar, que no había probado durante años.

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