El pobre hombre temblaba con el rostro bañado en lágrimas y mirándome atónito respondió:
-¿Estoy hablando con un dios o. con un hombre? En verdad, ¿sois un hombre o un ángel?
-No temáis por eso, señor, Si Dios hubiese enviado a un ángel para ayudaros, habría venido mejor
vestido y armado de otra manera. Os ruego que os tranquilicéis. Soy un hombre inglés y estoy dispuesto a
ayudaros. Ya podéis verlo, solo tengo un criado pero tenemos armas y municiones. Mas decidme
francamente, ¿podemos serviros? ¿Cuál es vuestra situación?
-Nuestra situación, señor, es demasiado complicada para contárosla cuando nuestros asesinos están tan
cerca pero, en pocas palabras, os diré que yo era el comandante de ese barco y mis hombres se amotinaron
contra mi. Han estádo a punto de matarme y, finalmente, me han traído a este lugar desierto con mis dos
hombres, uno es mi segundo de abordo y el otro, un pasajero. Esperan dejarnos morir en este lugar que
creen deshabitado y aún no sabemos, qué pensar..
¿Dónde están esos animales, vuestros enemigos -le pregunté-, ¿sabéis hacia dónde han ido?
-Están allí, señor -me respondió, señalando un grupo de árboles-. Mi corazón tiembla de miedo de que
nos hayan visto y escuchado hablar. Si es así, seguramente, nos matarán.
-¿Tienen armas de fuego? -le pregunté.
-Solo dos mosquetes y uno de ellos está en la chalupa -respondió.
-Pues bien dije-, entonces, yo me encargo del res to. Como están dormidos, será fácil matarlos, aunque,
¿no seria mejor hacerlos prisioneros?
Me dijo que entre ellos había dos locos villanos can quienes no seria prudente tener misericordia alguna
pero, tomando ciertas medidas, los demás volverían a sus deberes. Le pedí que me mostrara quiénes eran.
Me dijo que no podía hacerlo a esa distancia pero que obedecería todas mis órdenes.
-Muy bien -1e dije-, retirémonos de su vista para evitar que nos oigan, por lo menos hasta que despierten
y hayamos decidido qué hacer.
Gustosamente, me siguieron hasta un lugar donde los árboles nos ocultaban.
-Mirad, señor -le dije-, si yo me arriesgo para salvaros a todos, ¿estáis dispuestos a cumplir dos
condiciones?
Se anticipó a mis palabras y me dijo que tanto él como su nave, si la recuperábamos, se pondrían
incondicionalmente bajo mi mando y mis órdenes. Si no podíamos recuperar la nave, viviría y moriría a mi
lado en cualquier parte del mundo donde quisiera llevarlo. Los otros dos hombres dijeron lo mismo.
-Bien -dije-, mis condiciones son dos. En primer lu gar: mientras permanezcáis en esta isla, no
pretenderéis tener ninguna autoridad. Si os doy armas en algún momento, me las devolveréis cuando yo os
las pida, no haréis perjuicio contra mí ni contra ninguna de mis pertenencias y estaréis sometidos a mis
órdenes. En segundo lugar: si se puede recuperar el navío, nos llevaréis sin costo a mí y a mi siervo a
Inglaterra.
Me dio todas las garantías que la imaginación y la buena fe humanas pudieran imaginar, tanto de cumplir
con mis ra zonables exigencias, como de quedar en deuda conmigo por el resto de su vida.
-Bien -dije-, aquí tenéis tres mosquetes con pólvora y balas. Ahora decidme, ¿qué os parece que debemos
hacer?
Me dio todas las muestras de agradecimiento que pudo y se ofreció a seguir todas mis instrucciones. Le
dije que, en cualquier caso, era una operación arriesgada pero lo mejor que podíamos hacer era abrir fuego
sobre ellos mientras dormían y, si alguno sobrevivía a nuestra primera descarga y se rendía, lo
perdonaríamos. Atacaríamos confiando en que la Providencia Divina nos guiaría.
Me contestó con mucha humildad que, de ser posible, prefería no matar a nadie, pero si aquellos dos
villanos incorregibles, que habían sido los autores del motín, lograban escapar, estaríamos perdidos, pues
regresarían al barco y traerían al resto de la tripulación.
-Bien -dije -, entonces la necesidad confirma mi consejo, ya que es la única forma de salvarnos.
Mas notando que el hombre se mostraba receloso ante un derramamiento de sangre, le dije que fuese con
sus compañeros y actuase como mejor le pareciese.

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