momento de mi llegada a la isla. Recordé que había mirado a mi alrededor enloquecida~ mente y me había
sentido perdido; que estaba muerto de miedo y había pasado la noche encima de un árbol por temor a ser
devorado por las bestias salvajes.
Así como en aquel momento no sospechaba que, gracias a la Providencia, el barco sería arrastrado cerca
de la tierra por la tormenta y la marea, y me proveería tan rica mente durante tanto tiempo, aquellos tres
pobres hombres no podían sospechar cuán cierta y próxima era su salvación ni cuán a salvo estaban,
justamente cuando más perdidos y desamparados se sentían.
Realmente, es muy poco lo que podemos predecir en este mundo. Por esta razón, debemos confiar
alegremente que el Supremo Creador jamás abandona a sus criaturas y que estas, incluso en las peores
circunstancias, descubren algo por que darle gracias; y están más cerca de la salvación de lo que podrían
imaginar, pues, a menudo, son conducidas a ella por los mismos medios que, al parecer, las llevaron a la
ruina.
Aquella gente llegó a tierra en el momento en que la marea estaba más alta, y en parte, porque estuvieron
hablando con los prisioneros y, en parte, porque se fueron a inspeccionar el lugar en el que habían
desembarcado, permanecieron negligentemente hasta que la marea bajó y el agua se retiró tanto que la
chalupa quedó en seco.
Habían confiado la chalupa a dos hombres, que, como pude advertir, bebieron demasiado brandy y se
habían quedado dormidos. Sin embargo, uno de ellos se despertó an tes que el otro y, viendo la chalupa tan
encallada que no podría sacarla solo de allí, comenzó a llamar a sus compañeros que andaban dando vueltas
por los alrededores. Alertados por los gritos, acudieron rápidamente a la chalu pa, mas no tuvieron fuerzas
para echarla al agua, pues era muy pesada y, en esa parte de la playa, la arena era blanda y fangosa.
En esta situación, hicieron como los auténticos marineros, que son la gente menos previsora del mundo:
se dieron por vencidos y reanudaron su paseo por la isla. Entonces, oí que uno de ellos le gritaba a otro:
«Olvídalo, Jack, flotará con la próxima marea.» Sus palabras me confirmaron que eran paisanos míos.
Durante todo este tiempo, me mantuve muy bien escondido, sin salir de mi castillo ni mi puesto de
observación en lo alto de la colina, y me sentí muy contento de pensar en lo bien protegido que estaba.
Sabía que la chalupa no podría volver a flotar antes de diez horas y que, para entonces, ya sería de noche, lo
que me permitiría observar sus movimientos y escuchar su conversación si es que la tenían.
Mientras tanto, me preparé para el combate, del mismo modo que lo había hecho antes, aunque con más
cautela porque sabía que me enfrentaba a un enemigo diferente de los anteriores. Le ordené a Viernes, a
quien había convertido en un excelente tirador, que cogiera algunas armas. Por mi parte, cogí dos escopetas
de caza y le di tres mosquetes. Mi aspecto era realmente temible. Llevaba puesto mi abrigo de piel de
cabra, el gran sombrero, que mencioné anteriormente, la espada desnuda en un costado, dos pistolas en el
cinturón y una escopeta en cada hombro.
Como he dicho, no tenía previsto hacer nada hasta que anocheciera pero a eso de las dos de la tarde, que
es el mo mento mas caluroso del día, advertí que todos se adentra ban en el bosque, al parecer, para
tumbarse a dormir. Los tres pobres hombres estaban demasiado angustiados para descansar pero se
cobijaron bajo la sombra de un gran árbol, a un cuarto de milla de donde me hallaba y, según ima ginaba,
fuera de la vista de los demás.
Entonces, decidí descubrirme ante ellos para enterarme un poco de su situación. En seguida me puse en
marcha, de la guisa que acabo de describir, con mi siervo Viernes, que iba a una buena distancia detrás de
mí, tan formidablemente armado como yo, pero: sin un aspecto fantasmal como el mío.
Me acerque á ellos: tan disimuladamente como pude y les dije en español:
¿Quiénes sois, caballeros?
Se levantaron ante el ruido pero se quedaron muy sorprendidos ante el grosero aspecto que tenía. Estaban
completamente mudos y casi dispuestos a huir, cuando les dije en inglés:
-No os sorprendáis por mi aspecto. Tal vez tenéis un amigo más cerca de lo que suponéis.
-Debe ser un enviado del cielo -dijo uno de ellos con gravedad, quitándose el sombrero-, pues nuestra
situación es humanamente insalvable.
-Toda ayuda viene del cielo, señor -le dije -. Mas ¿querríais indicarle a un extraño la manera de ayudaros?
Me parecéis muy desdichados. Os he visto desembarcar y he visto a uno de ellos levantar su sable para
mataros.

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