-El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en
cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más felices de su vida. Se
encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le
parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
-Acércate a la mesa y siéntate -pidió el caballero-. Quiero que prestes mucha
atención a lo que te voy a decir
-¡Por favor, señor Brownlow! -exclamó horrorizado Oliver-. No me diga que me va
a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las
calles. Déjeme ser su criado.
-¡Querido chiquillo! -dijo el señor Brownlow enternec ido por el pánico que advertía
en el muchacho-. No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la
verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un
viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón
muy noble.
-¿Quién es este jovencito? -preguntó mirando a Oliver
-Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando -contestó el señor
Brownlow-. Es muy guapo, ¿no te parece?
-¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien cia y las maneras de
Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había
decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un
paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a
Oliver de tres meses de trabajos forzados.
-¡Llame al chico que ha traído los libros! -ordenó el señor Brownlow-. Hay que
pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
-¡Oh! Ya se ha marchado --contestó la señora Bedwin.
-Si usted quiere -intervino Oliver-, se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo,
señor Me gustaría mucho ser útil.
-Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros -contestó el señor
Brownlow tendiéndole un paquete- y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le
debo. Aquí tienes cinco libras.
-Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona
más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas
envuettas en un viejo pañuelo.
-Esto es más de lo que te debo -le dijo-, pero sé que me devolverás el favor en
otra ocasión...
-Corto el rollo -replicó el ladrón- y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apareció el tabernero, un judío
llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y
ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco
rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos
tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de
toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo
sobresaltaron:
-¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
-¿Qué ocurre? -preguntó Oliver-. ¿Por qué me detienen?

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