-Cuando tu hermano se cruzó en mi camino y lo rescaté de una vida de crimen y
miseria, su gran parecido con el retrato del que te he hablado me dejó impresionado.
Desgraciadamente, lo secuestraron antes de que pudiera contarme su his toria.
Sospechando que tú podías estar detrás de todo esto, lo busqué por todas partes,
pero no lo encontré hasta hace dos horas... Tienes un hermano, Edward, tú lo sabes
y lo conoces. Había pruebas de ello, pero tú mismo las destruiste. Así que, si no
quieres que te haga detener por cómplice del asesinato de Nancy, tendrás que
contarlo todo ante testigos y devolverle a tu hermano lo que le corresponde.
-Haré lo que usted me pida -aceptó Monks, viéndose sin escapatoria.
Dos días más tarde, Oliver viajaba, junto con la señora Maylie, Rose y el doctor
Losberne, hacia su ciudad natal. Detrás, seguía el señor Brownlow, acompañado de
Monks.
Se instalaron en un hotel de la ciudad donde les estaba esperando el señor
Grimwig. Pasadas las primeras horas de ajetreo, el señor Brownlow los reunió a
todos, incluyendo a Oliver, quien no pudo reprimir un grito de terror al ver entrar a
Monks.
-Este niño -dijo el señor Brownlow a Monks atrayendo a Oliver hacia sí- es tu
hermanastro, fruto de la unión entre tu padre, mi amigo Edwin Leeford, y Agnes
Fleming, que murió en el hospicio de esta ciudad al dar a luz. Ahora, Edward, quiero
que cuentes, delante de todo el mundo, lo que tan cuidadosamente has ocultado
durante estos años.
-Está bien -contestó Monks-. Cuando mi padre murió en Roma, mi madre encontró,
entre sus papeles, dos documentos: el primero era una carta de amor dirigida a
Agnes Fleming; el otro era un testamento.
-¿Y qué decía? -preguntó el señor Brownlow.
Como Monks no contestaba, fue el propio señor Bronwlow quien lo hizo:
-Os dejaba a ti y a tu madre una renta de ochocientas libras. El grueso de su
fortuna lo dividía en dos partes: una para Agnes Fleming y otra para el hijo de
ambos, es decir, para Oliver
-Mi madre hizo entonces lo que tenía que hacer -gritó Monks-: quemó el
testamento y guardó la carta como prueba de la falta de mi padre. Cuando Agnes
Fleming le contó la verdad a su padre, éste, avergonzado, huyó con sus hijas. Poco
después, la muchacha abandonó el hogar, y aunque el padre la buscó por todas
partes, no pudo dar con ella. Convencido de que su hija se había suicidado para
ocultar su vergüenza, el hombre volvió a su casa y, a la mañana siguiente, apareció
muerto en su cama.
-¿Y qué pasó con el guardapelo y la alianza? -preguntó el señor Brownlow.
-Los compré -contestó Monks- a un matrimonio. Ellos los habían recibido de la
vieja que atendió a Agnes Fleming en el hospicio. Luego, tiré los dos objetos al río.
Fue entonces cuando el señor Grimwig salió de la habitación para volver instantes
después empujando a la señora Bumble, que tiraba de su cobarde cónyuge.
-¿Conocen ustedes a este hombre? -les preguntó el señor Brownlow.
-No lo hemos visto en nuestra vida -contestó impasible la señora Bumble.
-Él mantiene que les compró a ustedes unas alhajas...
-Está bien -dijo la señora Bumble-: si ese cobarde ha confesado, yo no tengo nada
más que decir. Sí, le vendimos el guardapelo y la alianza de Agnes Fleming. ¿Y qué?
-Y nada -repuso el señor Brownlow-, sólo que me voy a ocupar personalmente de
que no vuelvan a tener un puesto de trabajo relacionado con niños.
Después, cuando los Bumble se hubieron marchado, el señor Brownlow cogió la
mano de Rose y dijo:
-Edward Leeford, ¿conoces a esta señorita?
-Sí -contestó Monks-. Agnes Fleming tenía una hermana pequeña que fue recogida
por unos humildes labradores. La niña llevó una vida miserable hasta que una viuda

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