-¡Mirad a este monstruo! ¡Miradlo bien! Merecería ser que mado a fuego lento por el
crimen que ha cometido. Voy a entregarlo a la policía y vosotros me vais a ayudar
Llevado por su rabia, Charley Bates se abalanzó contra Sikes, lo derribó, y ambos
rodaron por el suelo. Pero Sikes era más fuerte que el muchacho, y consiguió
inmovilizarlo sin demasia do esfuerzo. Estaba a punto de darle el golpe final, cuando
se oyó un tumulto de gente que se acercaba a la chabola; el rumor de que el asesino
estaba allí, se había extendido por el barrio y una multitud se acercaba para
lincharlo. Toby Crackit sugirió a Sikes que escapara por una de las ventanas.
El asesino soltó a su víctima y miró a su alrededor desconcertado. Charley Bates se
incorporó, corrió hacia la ot ra ventana, la abrió y se puso a gritar:
-¡Socorro! ¡El asesino está aquiil ¡Suban, suban rápido!
Bill Sikes agarró al muchacho, lo arrastró hasta la habitación contigua y allí lo dejó
encerrado con llave. Luego, cogió una larga cuerda, subió al desván y, tras levantar
un tragaluz, salió al tejado. Desde arriba, vio a la multitud encolerizada que gritaba
exigiendo su muerte, y oyó cómo la gente intentaba entrar en la casa. Ató un
extremo de la cuerda a una chimenea y en el otro hizo un nudo corredizo para
intentar descender hasta la calle. Pero en el mismo instante en que se pasaba el lazo
por la cabeza para deslizarlo luego hasta las axilas, algo extraño le ocurrió: levantó
la vista al cielo y creyó ver el rostro ensangrentado de su víctima. El pánico se
apoderó de él, lanzó un grito de terror y perdió el equilibrio cayendo al vacío, donde
quedó colgando sin vida.


CAPÍTULO CATORCE

LA CONFESIÓN DE EDWARD LEEFORD

Aquella misma tarde, Monks fue llevado a la fuerza a casa A del señor Brownlow.
-¿Cómo es posible que el mejor amigo de mi padre me trate de esta manera?
-gritó el canalla, enfadado.
-Sí, Edward -lijo en tono triste el señor Brownlow-, tu padre era mi mejor amigo y
era, además, el hermano de la mujer con la que me iba a casar si la muerte no se la
hubiera llevado inesperadamente la misma mañana de nuestra boda. Pero no es de
mí de quien quiero hablar, sino de tu hermano.
-¡Yo no tengo ningún hermano!
-¡Sabes que sib Es cierto que tú eres el único hijo del infeliz matrimonio que
formaron tu padre y tu madre. Cuando tus padres se separaron, tu padre conoció a
un oficial de marina, retirado y viudo, que vivía en el campo con sus dos hijas. Una
de ellas se enamoró de tu padre, y él de ella; al cabo de año y medio, estaban
prometidos. Fue entonces cuando tu padre recibió la herencia de un pariente que
vivía en Roma y tuvo que marcharse para allá; pero la fatalidad quiso que él cayera
gravemente enfermo. Tu madre y tú acudisteis inmediatamente a su lado y, al día
siguiente de vuestra llegada, él murió sin dejar testamento, de modo que todos sus
bienes fueron a parar a vuestras manos.
Monks, que había estado reteniendo el aliento durante todo este tiempo, suspiró
entonces profundamente, manifestando un gran alivio.
-Antes de marchar al extranjero -siguió el señor Brownlow-, tu padre vino a verme
y me entregó un retrato de su hermana, la que iba a ser mi esposa. También me
habló atropelladamente de la deshonra que él mismo había provocado a su joven
prometida. Cuando él murió, fui a visitar a esa muchacha que iba a ser madre, con el
fin de acogerla en mi propio hogar, pero llegué demasiado tarde porque la familia
había abandonado la región.
Monks miró entonces alrededor con una sonrisa de triunfo.

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