-Ya nada pueden hacer por mí, he perdido toda esperanza. Soy esclava de mi
propia vida, y es muy tarde para dar marcha atrás. Ahora, por favor, márchense, es
lo mejor que pueden hacer.
-Déjenos ayudarla: aún está a tiempo de cambiar su vida...
-No insistan, se lo ruego. Buenas noches, señor Buenas noches, señorita Maylie.
Rose y el señor Brownlow se alejaron y Nancy marchó a su casa. Cuando los tres
estaban ya lejos, Noah echó a correr para contar a Fagin lo que había descubierto.
Antes de que amaneciera, Fagin ya estaba al tanto de todo lo ocurrido. Se
encontraba en su casa, preso del pánico, acurrucado ante la chimenea, con el
corazón lleno de odio. Llegó entonces Bill Sikes a entregarle un paquete.
-¿Qué te pasa? -le preguntó éste al verle la cara completamente desencajada.
Fagin le contó lo que había descubierto Noah. Sikes, entonces, fuera de sí, salió a
la calle; caminó a paso rápido hasta su casa, sin pararse ni un momento a pensar en
lo que iba a hacer. Subió de prisa las escaleras, entró en la h abitación, cerró la
puerta con llave y fue hacia la cama donde Nancy estaba durmiendo.
-¡Arriba! -la despertó Sikes a gritos.
-¿Qué te pasa? -le preguntó ella, todavía medio dormida.
Sin decir una palabra, el ladrón la agarró por el cuello y la arrastró hasta el centro
de la habitación.
-¡Bill! ¡Bill! -gritó la muchacha-. ¿Qué he hecho?
-Anoche lo espiaron. Ahora lo sé todo.
-Entonces, perdóname la vida como yo he perdonado que tú me hayas arrastrado a
mí a esta existencia infame -dijo la muchacha aferrándose a él-. Piensa un poco, Bill.
Ahórrate este crimen. ¡Juro que te he sido fiel, Bill!
El ladrón, sordo ante las súplicas de Nancy, agarró una pistola y golpeó con ella a
la muchacha una y otra vez hasta que ésta cayó al suelo cegada por la sangre, que
fluía de una profunda brecha en su cabeza. La muchacha consiguió no obstante
ponerse de rodillas y, juntando las manos, se puso a rezar El ladrón cogió entonces
un garrote y la remató de un solo golpe en la cabeza.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación donde yacía el cadáver
de Nancy, Sikes quemó las ropas que llevaba, ya que estaban manchadas de sangre.
Luego, escapó de allí con su perro; una sola idea ocupaba su mente: huir Anduvo tan
rápido que, al cabo de una hora, estaba fuera de Londres.
Caminó durante todo el día por campos, prados y bosques sin hallar un lugar
seguro donde esconderse, porque en todas partes se hablaba del horrible crimen. Al
anochecer, tomó la decisión de volver a la ciudad.
-No hay mejor lugar para esconderse. Mis amigos me ayudarán -pensó.
Mientras tanto, en una chabola de un mísero barrio a orillas del Támesis estaban
escondidos Toby Crackit, Chitling y un expresidiario llamado Kags.
-¿Es cierto que han cogido a Fagin? -preguntó Toby Crackit.
-Sí, esta tarde -contestó Chitling-. Charley Bates y yo conseguimos escapar por la
chimenea; a Bolter lo trincaron a la vez que a Fagin. Imagino que Charley estará a
punto de llegar Ya no hay lugar donde esconderse; de todos los que acudíamos a Los
Tres Patacones, no ha quedado nadie a salvo. ¡Menuda redada!
Al caer la noche, los tres hombres seguían sentados, silen ciosos, a la espera de
alguna noticia. Un fuerte golpe en la puerta rompió de pronto aquel denso silencio;
después, los pasos de alguien que subía las escaleras y, por fin, los tres hombres
vieron entrar a Bill Sikes. Se quedaron boquiabiertos; no les dio tiemp o a reaccionar
y, al instante, entró también Charley Bates quien, al reconocer a Sikes, dio un paso
atrás.
-¡Vamos, Charley! Soy yo -dijo Sikes yendo hacia él.
-No te acerques -contestó el otro-. Me das... asco.
Y, dirigiéndose a los demás, se puso a gritar:

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