Cuando dieron las dote, la muchacha se dio por vencida y, con los ojos hinchados y
rojos, empezó a mecerse hasta quedar completamente dormida. Fagin cogió
entonces su sombre ro y se despidió.
De camino hacia su casa, Fagin empezó a pensar qué le podía pasar a Nancy.
Quizá se hubiera cansado de Bill Sikes, que la trataba peor que a un perro, y se
hubiera enamorado de otro hombre. Pensó que si era así, el nuevo amor de Nancy
podría ser una buena adquisición, y aun más con una consejera lista y
experimentada como ella.
-Habrá que echarle el guante -se dijo Fagin a sí mismo-. Sería una buena manera
de quitarme de en medio a ese odioso Sikes. Y además, mi influencia sobre la
muchacha sería ilimitada si me convierto en cómplice de su infidelidad.
Fue entonces cuando el judío se dirigió a la posada para proponerle a Noah
Claypole que fuera su espía.
Te necesito -le dijo-, para un trabajo que requiere discre ción y cautela. Sólo se
trata de seguir a una mujer y de saber dónde va, a quién ve y lo que dice. Te daré
una libra.
-tA quién hay que seguir? -preguntó Noah.
-Es una de las nuestras -contestó el judío-. Se ha echado nuevos amigos y he de
saber quiénes son. Ella no te conoce, por eso eres mi hombre.
-¡Trato hecho! -concluyó Noah.


CAPÍTULO TRECE

TERRIBLES CONSECUENCIAS

Había pasado una semana, llegó el domingo y Nancy consiguió por fin acudir al
puente de Londres. A las doce en punto, llegaron Rose Maylie y el señor Brownlow.
-Aléjemonos de aquí -dijo Nancy en voz baja -. Hablaremos más tranquilos abajo, al
pie de la escalera.
Lo que ella no sabía es que cualquier precaución era inútil porque Noah Claypole
seguía sus pasos y oía sus palabras.
-Siento no haber podido venir la otra noche, pero Bill Sikes me retuvo en casa por
la fuerza...
-Conozco el contenido de la entrevista que mantuvo el otro día con esta
señorita-dijo el señor Brownlow señalando a Rose-, y creemos que debemos
arrancarle a ese Monks su secreto como sea. De no ser así, habná que entregar a
Fagin a la policía, ya que él es el único que conoce la verdad.
-¡Nunca! -exclamó Nancy-. Yo jamás me volveré contra mis compañeros, porque
ninguno de ellos se ha vuelto contra mí.
-Entonces díganos al menos dónde podemos encontrar a Monks -repuso el señor
Brownlow.
-Darán con él en una taberna llamada Los Tres Patacones.
-¿Cómo reconoceremos a ese criminal?
-Es moreno, alto y fuerte; parece mayor, aunque no tiene más de veintiocho años
y tiene los ojos negros y muy hundidos. Sufre frecuentes ataques de nervios que le
hacen tirarse al suelo y morderse las manos y los labios hasta hacerse sangre. Ah, y
otra cosa: tiene en la garganta...
-¿Una mancha roja como una quemadura? -interrumpió el señor Brownlow.
-Sí -contestó Nancy sorprendida-. ¿Lo conoce?
-Creo que sí. Pero ya veremos, puede que no sea el mismo. En cualquier caso, nos
ha dado una información valiosísima. ¿Cómo podríamos agradecérselo?

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