-¿En qué puedo ayudarla? -prosiguió la joven dama.
-Supongo que Oliver les habrá contado su historia.
-Por supuesto. ¿Y bien?
-Les habrá dicho también que fue raptado mientras hacía un recado para el señor
Brownlow, con quien vivía en Petonville. Bueno, pues yo soy la persona que lo raptó.
-¿Usted? -exclamó Rose.
-Sí y lo llevé a casa de un miserable, llamado Fagin, que obliga a muchachos
indefensos a robar para él -gimió Nancy-. Y si ellos se enteraran de que he venido,
me matarán.
-No se preocupe, querida, no sucederá nada -dijo Rose, mientras estrechaba
dulcemente la mano de la afligida muchacha.
-¿Conoce usted a un tal Monks? -continuó Nancy.
-No, no lo conozco -contestó Rose.
-Pues él a usted sí la conoce -repuso Nancy-. Y sabe que está hospedada aquí. Yo
he podido localizarla porque he escuchado una conversación entre ese hombre y
Fagin en la que se nombraba este lugar y se mencionaba su nombre.
-¿Y de qué hablaron? -preguntó interesada Rose.
-Las primeras palabras que l oí decir a Monks fueron: "Las únicas pruebas de la
e
identidad del muchacho están en el fondo del río, y la vieja que las recibió de la
madre está criando malvas". Parece ser que Monks vio a Oliver por casualidad el día
que lo capturó la policía. Enseguida se dio cuenta de que era el muchacho que él
mismo andaba buscando. Le propuso entonces a Fagin que recuperara al chico a
hiciera de él un ladrón; a cambio, recibiná una sustanciosa recompensa.
Rose, sorprendida por la historia, preguntó a Nancy:
-¿Y qué interés puede tener un hombre como Monks en un desvalido muchacho?
-Eso es lo más sorprendente: Monks dijo que si Olivertrataba de aprovecharse de
su nacimiento, lo mataría. Y, al final, muy satisfecho, le preguntó a Fagin: "¿Qué te
parece la trampa que le he preparado a mi hermanito Oliver?"
-¡Su hermano! -exclamó Rose-. ¿Y qué puedo hacer yo?
-No lo sé. No puedo ayudarla más; ahora tengo que marcharme. Si necesita algo
de mí, podrá encontrarme cada domingo por la noche, entre las once y las doce, en
el puente de Londres.
La muchacha se marchó llorando, mientras Rose, abrumada por aquellas
revelaciones, buscaba el modo de ayudar a Oliver
A la mañana siguiente, Rose decidió consultar a Harry. Se disponía a escribirle
cuando Oliver, que llegaba en ese mome nto de la mansión del campo, entró en la
habitación.
-¡He visto al señor Brownlow! ¡Bendito sea Dios!
-¿Dónde lo has visto? -preguntó Rose.
-Bajaba de un coche -contestó Oliver llorando de alegría-. Él no me vio a mí, y yo
no me atreví a acercarme. Pero G¡les ha averiguado su dirección. Mire, aquí está.
-¡Vamos para allá inmediatamente! -le dijo Rose.
Cuando llegaron a la casa del señor Brownlow, Rose pidió a Oliver que esperara en
el coche mientras ella preparaba al anciano para que lo recibiera. La joven entró y
contó en pocas palabras todo lo que le había ocurrido a Oliver.
Cuando el señor Brownlow se enteró de que Oliver se encontraba fuera, salió y,
lleno de alegría, se precipitó hacia el interior del coche para abrazar al muchacho.
Cuando entraron en la casa, el señor Brownlow llamó a la señora Bedwin. Y cuando
ésta entró en el salón, Oliver se echó a sus brazos entre lágrimas:
-¡Bendito sea Dios! -dijo la anciana-. ¡Si es Oliver Tw¡st!
El señor Brownlow condujo entonces a Rose a otra sala y allí escuchó el relato de la
entrevista con Nancy.

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