-¡Aquil -contestó la mujer, arrojando sobre la mesa una bolsita.
La bolsa contenía un pequeño guardapelo de oro. En su interior, había dos
mechoncitos y una alianza. La sortija tenía grabado el nombre de "Agnes" y una
fecha correspondiente al año anterior del nacimiento de Oliver
-¿Qué se propone hacer con eso? ¿Va a utilizarlo contra m? -preguntó la señora
Bumble.
-Ni contra usted ni contra nadie -contestó Monks, arrastrando la mesa a un lado y
abriendo una trampilla que se encontraba junto a los pies del señor Bumble-. Miren
ahí abajo.
Las turbias aguas del río corrían velozmente bajo ellos. Monks sacó la bolsita, la
ató a un pequeño peso de plomo que estaba en el suelo y la tiró al agua.
-¡Hecho! -exclamó Monks aliviado-. ¡Prueba destruida! Ahora, lárguense de aquí
cuanto antes.


CAPÍTULO ONCE

EL CORAJE DE NANCY

Al día siguiente, Nancy fue a casa de Fagin para recoger un dinero que el judío le
debía a Bill Sikes. Allí, coincidió con Monks.
-He de decirte algo a solas -le dijo Monks a Fagin.
Los dos hombres subieron a una habitación de la planta superior y se encerraron
para hablar en privado. Nancy, con la intención de espiar la conversación, se quitó
los zapatos, subió de puntillas las escaleras y se plantó en la puerta del cuarto donde
Monks y Fagin se habían reunido. Al rato, la muchacha volvió a bajar con aspecto de
encontrarse fuertemente impresionada. Segundos más tarde, Monks se marchó. A
continuación, Fagin le entregó a Nancy el dinero que había venido a buscar y ambos
se despidieron.
Ya en la calle, Nancy se sentó en un portal, incapaz de seguir caminando, y rompió
a llorar. Finalmente, cuando se encontró más tranquila, volvió a su casa. Había
tomado una decisión: iba a dar un gran paso aquella misma noche, en cuanto Sikes,
que estaba enfermo, se hubiese dormido.
A la hora en la que el ladrón debía tomar su medicina, Nancy la preparó como
siempre y añadió un potente somnífero. En breves instantes, el enfermo cayó en un
profundo sueño, momento que la muchacha aprovechó para marcharse.
Después de andar más de una hora, llegó al barrio más rico de la ciudad y se
dirigió a un pequeño hotel. Cuando llegó a la puerta, vaciló un momento y entró.
-Quiero ver a la señorita Maylie -dijo Nancy al recepcionista,
-iQué puedes querer tú de una dama? -preguntó en tono despectivo el empleado al
ver su aspecto-. ¡Vamos, lárgate!
-¡Tendrán que sacarme a la fuerza! -gritó la muchacha-. Necesito dar un mensaje
con urgencia a la señorita Maylie.
El recepcionista subió a regañadientes; le preocupaba tener un problema si el
mensaje era en realidad algo importante. Al poco rato, volvió a hizo una seña con la
cabeza a Nancy para que lo siguiera. El hombre la acompañó hasta una pequeña
antecámara donde se encontraba Rose. La joven había adelan tado unos días su
regreso del campo y esperaba la llegada de su tía y de Oliver de un momento a otro.
Rose miró a la muchacha que se encontraba frente a ella y le dijo dulcemente:
-Soy Rose Maylie. ¿ Deseaba usted verme?
Nancy, ante tanta dulzura, rompió a llorar
-¡Ay, señorita! -exclamó-. ¡Cuánto le agradezco que haya querido r ecibirme! Mi
nombre es Nancy.

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