-¿En qué puedo ayudarle? -preguntó el superintendente.
-Voy a ser muy claro: necesito información. Por supuesto, no pretendo que me la
dé a cambio de nada; para demostrar mi buena fe, aquí tiene un adelanto -dijo,
poniendo un par de soberanos delante de su interlocutor-. Veamos, haga memoria:
un invierno de hace doce años nació en el hospicio un muchacho paliducho que más
tarde fue aprendiz de un fabricante de ataúdes y que luego se fugó a Londres...
-¡Oliver Twist! No he conocido un muchacho más terco.
-No es él quien me interesa. Me gustaná saber algo sobre la vieja que atendió a su
madre la noche en que murió.
-Sí, la vieja Sally... Murió el invierno pasado.
El forastero enmudeció como hundido por aquella i esperada noticia, pero pronto
n
salió de su ensimismamiento. Luego hizo ademán de levantarse, pero el señor
Bumble lo retuvo.
-Sé que antes de morir, la vieja Sally se encerró en una habi tación con una mujer
para revelarle un secreto.
Con la intención de sacar provecho de la información de que disponía, el señor
Bumble continuó:
-Tengo motivos para pensar que ella le puede ayudar en sus pesquisas -concluyó el
señor Bumble.
-¿Cómo? ¿Cuándo podná verla?
-¿Le parece bien mañana?
-Bien, a las nueve de la noche , vayan a esta dirección -dijo, entregándole un
pedazo de papel-. Pregunten por el señor Monks.
Al día siguiente, el matrimonio Bumble se encaminó al lugar que Monks había
indicado. Era un pequeño barrio a orillas del río, famoso por ser refugio de ladrones y
criminales. Estaba formado por unas cuantas casas en ruinas, entre las cuales se
elevaba un edificio grande, cuyos pilares estaban muy deteriora dos por las ratas, la
carcoma y la humedad. Frente a él se detuvieron los Bumble.
-¡Hola! -gritó una voz procedente del segundo piso-. Esperen, ahora mismo les
abro.
Instantes después, Monks les abrió la puerta. Subieron hasta una estancia del piso
superior y cerraron tras de sí. A continuación, los tres se sentaron alrededor de una
mesa.
-Dígame, señora -dijo Monks-, ¿estaba usted con la tal Sally cuando murió? ¿Le
dijo algo acerca de la madre de Oliver?
-Sí. Pero yo no he venido aquí para dar información gratis. Déme veinticinco libras
en oro y le diré todo lo que sé.
-Aquí las tiene -repuso Monks, poniend o las monedas una a una encima de la
mesa-. Ahora, dígame lo que sabe.
-Cuando la vieja Sally murió, estábamos ella y yo solas en la habitación. Me habló
de una joven que había dado a luz un niño hacía doce años y que, al día siguiente,
había muerto en la misma cama en la que ella estaba agonizando.
-¡Dios mío! -exclamó Monks.
-Parece ser que la joven, antes de morir, le entregó a Sally algo con el encargo de
dárselo al niño cuando llegara a la edad adulta; pero ella se lo quedó. La vieja no
dijo nada más, cayó para atrás y murió.
-¿Eso es todo? Creo que me está ocultando algo.
-No dijo más -contestó la gobernanta impasible-. Solamente me agarró del vestido
con una mano. Cuando cayó muerta, retiré su mano con fuerza y vi que en ella
guardaba un viejo trozo de papel. Era una papeleta de empeño.
-¿Y cuál era el objeto empeñado? -interrogó Monks.
-Era una alhaja. Así que fui y la desempeñé.
-¿Y dónde se encuentra ahora esa joya? -preguntó el hombre inmediatamente.

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