-Creo que eres joven, y que los jóvenes suelen tener impul sos ciertamente
generosos p ero poco duraderos. Creo, además, que tienes delante de ti un porvenir
brillante que los oscuros orígenes de Rose podrían echar por tierra. En un futuro se
lo podrías reprochar.
-Pero entonces yo sería un egoísta -replicó Harry-. ¡Por el amor de Dios, madre! Te
estoy confesando una pasión muy profunda. ¿Por qué no dejas que sea Rose la que
decida?
-Como quieras -aceptó la madre-. Ahora debo volver junto a ella. ¡Qué Dios lo
bendiga, hijo!
A medida que pasaban los días, Rose se recuperaba con asombrosa rapidez. Pero
un extraño acontecimiento vino a romper la tranquilidad que se vivía en la casa.
Oliver se encontraba haciendo los deberes en un cuartito de la planta baja que
daba al jardín. Llevaba allí mucho rato, se encontraba cansado y se quedó medio
dormido. Durante su duermevela, el aire se volvió de repente denso, y Oliver, horro-
rizado, creyó encontrarse de nuevo en casa de Fagin.
-¡Mira! -oyó decir al judío-. ¡Es él!
-¡Ya te lo había dicho! - respondió otro hombre.
Fue entonces cuando Oliver despertó, sobresaltado y presa del pánico. Miró por la
ventana y allí, muy cerca de él, estaba el judío mirándole fijamente. La sangre se le
heló, se vio momentáneamente paralizado de espanto. Junto a él se encontraba,
además, aquel hombre violento que le había abordado a la salida de la posada. La
visión duró tan sólo unos instantes, y los dos hombres desaparecieron en un abrir y
cerrar de ojos. Aterrorizado, Oliver saltó al jardín por la ventana y se puso a gritar
pidiendo soconro.
Los habitantes de la casa corrieron al jardín, donde encontraron al muchacho muy
agitado, que señalaba hacia los prados y gritaba: "¡Era el judío! " Harry, a quien su
madre había contado la historia de Oliver, saltó por encima del seto y salió en su
persecución a gran velocidad. Pero la búsqueda resultó inútil.
Tiene que haber sido un sueño -dijo Harry a Oliver cuando estuvieron de vuelta.
-¡Oh, no, señor! -insistió Oliver-. De veras que yo los vi.
De nada sirvieron los rastreos que se hicieron en la zona hasta el anochecer. A los
dos hombres se los había tragado la tierra. El susto le duró a Oliver unos días más y,
poco a poco, se fue olvidando de aquel espantoso episodio.
Mientras tanto, Rose se había recuperado del todo y ya salía de su habitación. Una
mañana, Harry Maylie entró en el come dor donde Rose se encontraba sola.
-¿Puedo hablar contigo unos minutos? -le preguntó.
Rose palideció pero no dijo nada. Así que Harry continuó:
-Llegué aquí hace unos días angustiado ante la idea de perderte sin que supieras
que te amo. Te he visto pasar de la muerte a la vida y, ahora, quiero ganar tu
corazón. Rose, dime que mis esfuerzos por merecerte no son vanos.
-Harry -contestó ella llorando-, debes tratar de olvidarme. Seré tu más fiel amiga,
pero no debo ser el objeto de tu amor.
-¿Por qué?
-No tengo amigos, Harry, no tengo dote, pero sí tengo una mancha sobre mi
nombre. Os debo demasiado a tu madre y a ti como para obstaculizar con mis
orígenes tu brillante carrera.
-Deja el deber a un lado y contéstame: ¿me amas?
Te habría amado si no... pero, ¡basta ya! ¡Adiós, Harry! Nunca más nos volveremos
a ver como nos hemos visto hoy.
-Sólo una palabra más, Rose. Contéstame: si yo fuera pobre, enfermo y desvalido,
¿me querrías?
-Sí, Harry -contestó Rose con un hilo de voz.

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