-¿Qué te ocurre, Rose? -le preguntó preocupada la señora Maylie.
-Creo que estoy enferma, tía -contestó ella llorando.
Rose se alejó, pálida como el mármol, hacia su dormitorio. La anciana señora,
cuando se encontró a solas con Oliver, no pudo reprimir su angustia
-¡Oh, Oliver! -exclamó sollozando-. Me temo lo peor ¡Mi querida Rose! ¿Qué haría
yo sin ella?
-Estoy convencido de que Dios no la dejará morir-dijo Olives entre sollozos.
A la mañana siguiente, Rose tenía una fiebre muy alta.
-Olives -dijo la señora Maylie-, hay que mandar urgentemente esta carta al doctor
Losberne. Llévala a la posada de la aldea y échala al correo.
Oliver corrió hasta llegar a la posada. Una vez enviada la carta, salió del
establecimiento y tropezó con un hombre de ojos grandes y negros que iba envuelto
en una capa.
-Perdone, señor-se disculpó el muchacho.
-Pero, ¿qué es esto? -gritó el hombre-. ¡Serás capaz de salir de tu tumba para
ponerte en mi camino!
Oliver, asustado por la loca mirada de aquel individuo, salió corriendo. Cuando
llegó a casa, Rose estaba delirando.
-Sería milagroso que se recuperara -le confesó en voz baja el médico del lugar a la
señora Maylie.
Aquella noche, nadie durmió y, a la mañana siguiente, llegó el doctor Losberne,
quien confirmó la gravedad de la muchacha.
-Es muy duro y muy cruel -dijo-. Tan joven y tan querida por todos... pero hay
muy pocas esperanzas.
Rose se sumió después en un profundo sueño del que saldría, bien para vivir, bien
para decirles adiós. Oliver y la señora Maylie permanecieron inmóviles durante varias
horas a la espera de que el doctor Losberne les diera la tan temida noticia. Éste salió
por fin de la habitación y se acercó a ellos.
-¿Cómo está Rose? ¡Dígamelo enseguida! -gritó la señora Maylie-. ¡Déjeme verla,
por Dios! ¿Ha muerto?
-¡No! -exclamó el doctor-. ¡Cálmese, por favor! Rose vivirá para hacernos felices
muchos años.
La anciana cayó de rodillas llorando de emoción. También Oliver quedó como
atontado al recibir la feliz noticia. No podía ni hablar, ni llorar, ni expresar lo que
sentía en aquellos momentos. Aturdido, salió a pasear
Cuando volvía a la casa cargado de flores para la enferma, un coche pasó como un
rayo junto a él y se detuvo de golpe. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor
Giles y Oliver corrió hasta el coche. Abrió la portezuela para saludar al mayordomo y
vio, sentado junto a él, a un caballero de unos veinticinco años que preguntó
ansioso:
-¿Cómo está la señorita Rose?
-¡Mejor, mucho mejor! -se apresuró a responder Oliver-. El doctor Losberne dice
que ya está fuera de peligro.
El caballero se bajó entonces del coche y ordenó:
-G¡les, sigue tú hasta casa de mi madre. Yo prefiero caminar
Al llegar a la casa, la señora Mayl¡e y el joven caballero, madre a hijo, se fundieron
en un fuerte abrazo.
-¡Madre! -dijo el joven-. ¡Gracias a Dios! Si Rose hubiera muerto, yo no habría
vuelto a ser feliz.
-No empieces otra vez con eso, Harry -contestó su madre-. Ella necesita un amor
profundo y duradero y tú...
-¿Todavía crees que soy un niño caprichoso?

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