Cuando entraron en la habitación, vieron, asombradas, que en la cama yacía un
muchachito agotado por el dolor, en vez de un peligrosísimo delincuente como ellas
esperaban.
-¿Qué es esto? -preguntó la señora Maylie-. Este chiquillo no puede ser el ladrón.
-Los seres más jóvenes y más bellos -repuso el doctor- son a veces las víctimas
preferidas del crimen y del vicio.
-Suponiendo que tenga usted razón -dijo la señorita Rose-, es también posible que
este muchachito no haya conoc ido nunca el amor de una madre ni el calor de un
hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad. Y tú,
querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a
la cárcel. Gracias a ti, jamás he echado de menos el amor de unos padres, pero
podná haberme ocurrido, y hoy estaría tan desamparada como este niño. ¡Oh, tía!
¡Ten piedad de él!
-Cariño -contestó la anciana abrazando a Rose-, yo ya soy mayor y mis días tocan
a su fin. Espero que, a la hora de mi muerte, Dios se apiade de mí como yo me he
apiadado del prójimo. ¿Qué puedo hacer para salvar a este niño, doctor?
-Si permite usted asustar un poco a G¡les y a Brittles, creo que podré arreglarlo
-contestó el señor Losberne-. Pero con una condición: c uando el muchacho
despierte, yo mismo lo interrogaré. Y si de lo que él diga, deducimos que es un
malvádo irreductible, lo entregaremos a la justicia.
Era ya de noche cuando Oliver por fin despertó. Se encontraba débil, pero estaba
tan ansioso por revelar su secreto, que el médico le dio la oportunidad de satisfacer
su deseo. Así fue cómo Oliver pudo contar su triste historia.
Entonces, llamaron a la puerta.
-¿Quién será a estas horas? -preguntó el doctor.
-Son agentes del cuerpo especial de policía -dijo Brittles.
-¿Qué? -gritó el doctor aterrado.
-Sí -contestó Brittles-, yo mismo los llamé para que vinieran.
Gracias al señor Losberne y al testimonio de G¡les quien, aleccionado por el doctor,
negó que Oliver fuera el muchacho contra el que había disparado, los policías
hicieron su trabajo de investigación rutinaria, pero se marcharon al cabo de unas
horas sin sospechar del muchacho.
Durante los días que siguieron, Oliver fue recuperándose gracias a los cuidados de
la señora Maylie, de Rose y del doctor Losberne. Estaba aún muy débil, pero no
dejaba de manifestar su agradecimiento a las dos damas, con las que se sentía pro -
fundamente unido. Un día, Rose le dijo:
-Oliver, vamos a it a pasar una temporada al campo y mi tía quiere que vengas con
nosotros. El aire puro te pondrá bien.
-¡Oh, muchas gracias, señorita Rose! Allí podré trabajar para ustedes. ¡Tengo
tantas ganas de corresponder a su bondad!
En el campo, todo fue calma y paz para Oliver Acudía todas las mañanas a casa de
un entrañable anciano que le ayudaba a progresar en la lectura y la escritura. El
resto del día lo pasaba al aire libre, disfrutando de la naturaleza. Para él, que había
vivido siempre en casas inmundas, aquellos tres meses pasados en e! campo,
rodeado de cariño y comprensión, supusieron el descubrimiento de la auténtica
dicha. Había entrado en el paraíso.


CAPÍTULO NUEVE

LA ENFERMEDAD DE ROSE

Una tarde de verano, tras un largo paseo, Rose manifestó sentirse mal.

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