dónde dirigirse y se encontraba muy débil. Entonces, atravesó el jardín de la casa sin
a penas tenerse en pie, subió los escalones y, en un último esfuerzo, llamó a la
puerta. En aquel momento, se derrumbó contra una de las columnas del porche.
Dentro de la casa reinaba una gran tensión. La noche había sido larga y agitada. El
mayordomo, el señor G¡les, se sentía ya un gran héroe, y así lo hacía saber a todo el
personal de aquella mansión. ¿Quién, sino él, había tenido el coraje de enfrentarse a
los ladrones?
Así estaban los ánimos cuando oyeron llamar a la puerta Nadie se atrevió a
moverse. Se miraban los unos a los otros pre guntándose quién iná a abrir
Finalmente, Brittles, el mozo de la casa, se dirigió a la puerta. Todos, mayordomo,
cocinera y doncella, lo acompañaron. Cuál sená su sorpresa cuando, al abrir la
puerta, tan sólo vieron a un pobre niño enfermo que pedía ayuda.
-¡Tengan piedad de mil -suplicó con voz entrecortada.
Sin mucha delicadeza, G¡les agarró a Oliver por una pierna y un brazo, lo arrastró
hasta el salón y allí lo dejó tendido en el suelo. Después, se puso a gritar:
-¡Señora! ¡Señorita! ¡Hemos cogido a uno de los ladrones! ¡Yo le disparé! ¡Yo le
disparé!
En medio de aquel bullicio, se oyó una voz femenina tan suave, que al instante
hizo reinar la paz.
-¡G¡les!
-Aquí estoy, señorita Rose. No se preocupe, no estoy herido, el ladrón no opuso
gran resistencia.
Aquella dama de voz delicada tenía un rostro angelical. Contaba tan sólo dieciséis
años pero, a pesar de su juventud, la inteligencia brillaba en sus ojos azules. Todo
en ella era dulzura y buen humor.
-¡Pobrecillo! -exclamó-. ¿Está herido?
-Herido de gravedad -contestó el mayordomo.
-Llévenlo con mucho cuidado a la habitación de arriba, y que Brittles vaya a buscar
a un médico.
Más tarde, en el comedor, G¡les servía el desayuno a la señorita y a su tía, la
señora Maylie. Era ésta una persona ya mayor; sin embargo, mantenía su erguida
figura, y los años no habían apagado el brillo de sus ojos. De repente, se oyó frente
a la entrada de la casa un cabriolé que se detenía. De él, se bajó el señor Losberne,
cirujano de la vecindad y amigo de la señora Maylie. Era un solterón gordo y famoso
por su buen humor. El doctor irrumpió en el comedor exclamando:
-¡Dios mío! Querida señora Maylie, ¿cómo ha podido suceder? En fin, ¿se
encuentran ustedes bien?
-Bien, muchas gracias, señor Losberne -contestó Rose-. Pero hay un herido arriba
que requiere sus cuidados.
-¡Oh, claro! -contestó el doctor-. Obra suya, G¡les, según me han contado. Vamos,
indíqueme el camino.
El doctor pasó largo rato en la habitación con Oliver y, cuando volvió a bajar, se
presentó ante las damas con aire circunspecto.
-¿Qué ocurre? -preguntó Rose ansiosa.
El doctor adoptó una actitud de misterio y, antes de contestar, cerró
cuidadosamente la puerta.
-¿Han visto ustedes al ladrón? -preguntó.
-No -contestó la señora Maylie-. Aún no.
En efecto, el mayordomo no se había atrevido a confesar que su víctima era tan
sólo un muchacho indefenso.
-Creo que deben ustedes verlo. Les aseguro que su aspecto les va a sorprender
-dijo el doctor, subiendo las escaleras hacia el dormitor donde se encontraba
io
Oliver.

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