-Mira, pellejo -continuó Fagin furioso-, Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a
perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de
Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un
esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto,
en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No
tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se
había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y
como la había encontrado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de
la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche
cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
-¡Fagin! -le susurró una voz cerca de la oreja.
-¡Ah! -gritó el judío, sobresaltado-. ¿Eres Monks?
-Sí -le contestó la sombra -. Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías
metido?
-Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara,
dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que
revelaba un egoísmo sin límites.
-El chico -dijo él- tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no
haber hecho de él un simple ratero? Dentro de unos meses lo habrían cogido y lo
habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
-Escucha, Monks -dijo Fagin-, a ese muchacho era imposible convertirlo en un
ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma
ni un poquito siquiera.
-¡Maldito antro! -gritó Monks-, ¿qué es eso?
-¿Qué es qué?
-¡Allí! -gritó el hombre, señalando la pared opuesta-. ¡Una sombra! ¡He visto la
sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación a toda prisa y recorrieron la casa de
arriba abajo. Pero no vieron ni oyeron nada; reinaba un profundo silencio.
-Es sólo tu imaginación -lijo Fagin despectivamente.
-Te juro que la vi -insistió Monks.
-Pues ya ves que no hay nadie en la casa, excepto los muchachos, y ellos están
bien seguros. Mira -dijo sacando una llave de su bolsillo-, los encerré para que no
hubiera intromi siones inesperadas en nuestra entrevista.
Aquel testimonio consiguió hacer vacilar a Monks. Pero, a pesar de todo, se negó a
seguir hablando aquella noche y se marchó.


CAPÍTULO OCHO

EN CASA DE LA SEÑORA MAYLIE

Toby Crackit no mentía: él y Bill Sikes habían abandonado a Oliver, herido, en una
zanja. Al amanecer, el niño seguía allí, inconsciente. Se despertó sobresaltado al oír
un quejido que salió de sus propios labios y reunió las pocas fuerzas que le quedaban
para incorporarse. Temblando de frío y de dolor, se puso en pie y comenzó a caminar
lentamente, con la cabeza caída sobre el pecho.
Llegó a un camino. Al fondo había una casa y hacia ella dirigió sus pasos. Sólo
cuando la tuvo delante, se dio cuenta de dónde se encontraba. "¡Dios mío!", pensó,
"¡Es la casa de anoche!" El miedo se apoderó de él y decidió huir Pero no sabía a

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