-No me mires así, hombre -lijo Toby-. ¿Crees que puedo hablarte del curro con el
estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la
conversación; sólo cuando se sintió satisfecho, preguntó:
-¿Cómo está Bill?
-¿Qué? -gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¿Qué cómo está Bill?
-No me digas que no sabes nada de... -respondió el otro con aire misterioso.
-No sé nada de nada -gritó Fagin pateando furioso el suelo-. Así es que ya puedes
empezar a contármelo todo.
-Nos falló el golpe -dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
-Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
-Dispararon y un tiro alcanzó al chico -siguió Toby-. Todo el vecindario salió
armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como
pudimos.
-¿Y Oliver?
-Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un
témpano. Así es que nos separamos y deja mos al muchacho en una zanja. No sé si
estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes,
salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas
callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
-¿Está él aquí? -susurró of oído del dueño del local.
-¿A quién se refiere? ¿A Monks? -preguntó el tabernero.
-Sí -contestó Fagin-, pero hable más bajo.
-Todavía no -contestó el hombre-, pero ya tenía que haber llegado. Si se espera
diez minutos..
-No, no -contestó Fagin aliviado-. Dígale que venga a mi casa mañana. He de
hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a
casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados
miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente
borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la
sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo
sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy retomó su
postura inicial, sin decir una sola palabra.
-¿Dónde crees que podná estar Bill? -preguntó Fagin.
-¡Y qué sé yo! -dijo ella llorando.
-¡Pobre chiquillo! -suspiró Fagin mirando a Nancy, al ace cho de cualquier cambio
en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el
pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo
exclamó:
-¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros.
¡Ojalá se haya muerto!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
-En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él.
Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
-¡Bah! -dijo el judío-. ¡Estás borracha! Ahora, déjate de tonterías y escucha bien: si
tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me
devuelve a Oliver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
-¿A qué viene esto? -gritó ella.

15