Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun tos. Se subieron a un
coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
-¡Buenas noches! -saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la
mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el
hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A
continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
-iSabes qué es esto?
-Sí, señor-contestó Oliver.
-Bien -dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho-.
Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso.
¿Entendido?
-Sí, señor-contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
-¡Arriba! -le gritó el ladrón-. Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te
quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga rró de la mano del
ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma necían cerradas.
Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada
vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes,
miro nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose
paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después,
habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su
carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver
divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entra r en él y se detuvieron
frente a una casa en ruinas que estaba aparentemente deshabitada. Oliver y Sikes
avanzaron sigilosamente haste el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta
cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los
condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado
un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares
sortijas en sus mugrientos dedos.
-¿Quién es éste? -preguntó sorprend ido al ver a Oliver.
-Es uno de los muchachos de Fagin.
-¡Pues menuda facha tiene!- exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres
empezaron a prepararse: se cubrieron con grandes bufandas oscuras y enormes
abrigos.
-¿Lo lleváis todo? -preguntó Sikes-. ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los
taladros, los garrotes?
-Está todo -contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto
antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba
completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el
silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa
aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de
ojos.
-Ahora, que suba el muchacho -dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se
deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver
comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un

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