familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill
Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
-¿Qué pasa con esa queli de Chertsey? -dijo el anciano judio-. ¿C uándo será el
robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
-Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada
-respondió Sikes-, pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que
desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
-¡Trato hecho! -concluyó él judío.
-Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
-¿Qué te parece Oliver Twist? -propuso Fagin.
-¿Ése? -preguntó Sikes sorprendido.
-Acéptalo, Bill -intervino Nancy-. Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y
ese muchacho es de fiar.
-Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo.
¿Entendido?
-No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón,
será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.


CAPÍTULO SEIS

EL ROBO

Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sorprendido, que sus viejos
zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y
lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
-Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atrevió a hacer preguntas.
Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
-Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran
relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y
cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de
rodillas y empezó a rezar
-¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando
se sobresaltó al oír un leve ruido.
-Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro.
-¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
-¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su
manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo
silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
-Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el
momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero
esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y
también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió
en voz muy baja:
-¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no
tengo los medios.

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