39 ­ Dentro del ojo


La Discovery aparecía lo mismo que la viera últimamente desde el espacio, flotando en
la órbita lunar con la Luna cubriendo la mitad del firmamento. Quizás había un ligero
cambio, no podía estar seguro, pero algo de la pintura de su rotulado externo, que
mencionaba el objeto de varias escotillas, conexiones, clavijas umbilicales y otros
artilugios, se había desvanecido durante su prolongada exposición al Sol sin resguardo.
Este era ahora un objeto que nadie hubiese reconocido. Era demasiado brillante para
ser una estrella, pero se podía mirar directamente a su minúsculo disco sin molestia. No
daba calor en absoluto; al tender Bowman sus manos desenguantadas a sus rayos
cuando atravesaban la ventana espacial, no sentía nada sobre su piel. Igual podía haber
estado calentándose a la luz de la Luna; ni siquiera el extraño paisaje de ochenta
kilómetros más abajo le recordaba más vívidamente la remota lejanía en que se
encontraba de la Tierra.
Y ahora estaba abandonando, quizá por última vez, el mundo de metal que había sido
su hogar durante tantos meses. Aunque no volviese nunca, la nave continuaría
cumpliendo con su deber, emitiendo lecturas de instrumentos a la Tierra, hasta que se
produjese alguna avería fatal y catastrófica en sus circuitos.
¿Y si volvía él? En tal caso, podría mantenerse con vida y quizá hasta cuerdo, durante
unos cuantos meses más. Pero esto era todo, pues los sistemas de hibernación eran
inútiles sin ningún computador para instruirlos. No podría posiblemente sobrevivir hasta
que la Discovery II verificara su reunión con Japeto, dentro de unos cuatro o cinco años.
Desechó estos pensamientos, al alzarse frente a él el áureo creciente de Saturno. En
toda la historia, él era el único hombre que había disfrutado de aquella vista. Para todos
los demás ojos, Saturno había mostrado siempre su disco completo iluminado, vuelto del
todo hacia el sol. Ahora era un delicado arco, con los anillos formando una tenue línea a
través de él... como una flecha a punto de ser disparada a la cara del mismo Sol.
También se encontraba en la línea de los anillos la brillante estrella Titán, y los más
débiles centelleos de las otras lunas. Antes de que transcurriera el siglo, los hombres las
habrían visitado todas; más él nunca sabría los secretos que pudieran encerrar.
El agudo límite del ciego y blanco ojo estaba ahora dirigiéndose hacia él; estaba sólo a
ciento cincuenta kilómetros, y estaría sobre su objetivo en menos de diez minutos. ¡Cómo
deseaba que hubiese algún modo de saber si sus palabras estaban alcanzando la Tierra,
que se hallaba a hora y media a la velocidad de la luz! Sería una tremenda ironía si,
debido a cualquier avería en el sistema de retransmisión, desapareciera él
silenciosamente, sin que nadie supiese jamás lo que le había sucedido.
La Discovery seguía mostrándose como una brillante estrella en el negro firmamento,
allá arriba. Seguía adelante mientras él ganaba velocidad durante su descenso, pero
pronto los chorros de frenaje de la cápsula moderarían su velocidad y la nave seguiría
hasta perderse de vista... dejándolo solo en aquella reluciente llanura, con el oscuro
misterio que se alzaba en su centro.
Un bloque de ébano estaba ascendiendo sobre el horizonte, eclipsando las estrellas.
Hizo girar la cápsula mediante sus giróscopos, y empleó el impulso total para interrumpir
su velocidad orbital. Y en largo y liso arco, descendió hacia la superficie de Japeto.
En un mundo de superior gravedad, la maniobra hubiese supuesto un excesivo
despilfarro de combustible. Pero aquí, la cápsula espacial pesaba sólo diez kilos; disponía

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