Y debido a que en toda la Galaxia no habían encontrado nada más precioso que la
mente, alentaron por doquier su amanecer. Se convirtieron en granjeros en los campos de
las estrellas; sembraron, y a veces cosecharon.
Y a veces desapasionadamente, tenían que escardar.
Los grandes dinosaurios habían perecido tiempo ha, cuando la nave de exploración
entró en el Sistema Solar tras un viaje que duraba ya mil años. Pasó rauda ante los
helados planetas exteriores, hizo una breve pausa ante los desiertos del agonizante
Marte, y contempló después la Tierra.
Extendido ante ellos, los exploradores vieron un mundo bullendo de vida. Durante años
estudiaron, seleccionaron, catalogaron. Cuando supieron todo lo que pudieron,
comenzaron a modificar. Interfiriendo en el destino de varias especies, en tierra y en el
océano. Mas no podían saber cuando menos hasta dentro de un millón de años cuál de
sus experimentos tendría éxito.
Eran pacientes, pero no inmortales. Había mucho por hacer en este Universo de cien
mil millones de soles, y otros mundos los llamaban. Así, pues, volvieron a penetrar en el
abismo, sabiendo que nunca más volverían.
Ni había ninguna necesidad de que lo hicieran. Los servidores que habían dejado
harían el resto.
En la Tierra, vinieron y se fueron los glaciares, mientras sobre ellos la inmutable Luna
encerraba aún su secreto. Con un ritmo aún más lento que el hielo polar, las mareas de la
civilización menguaron y crecieron a través de la Galaxia. Extraños bellos y terribles
imperios se alzaron y cayeron, transmitiendo sus conocimientos a sus sucesores.
No fue olvidada la Tierra, pero otra visita serviría de poco. Era uno más d un millón de
e
mundos silenciosos, pocos de los cuales podrían nunca hablar.
Y ahora, entre las estrellas, la civilización estaba dirigiéndose hacia nuevas metas. Los
primeros exploradores de la tierra habían llegado hacía tiempo a los límites de la carne y
la sangre; tan pronto como sus máquinas fueran mejores que sus cuerpos, sería el
momento de moverse. Trasladaron a nuevos hogares de metal y plástico sus cerebros y
luego sus pensamientos.
En esos hogares erraban entre las estrellas. No construían ya naves espaciales. Ellos
eran naves espaciales.
Pero la era de los entes- máquina pasó rápidamente. En su incesante experimentación,
habían aprendido a almacenar el conocimiento en la estructura del propio espacio, y a
conservar sus pensamientos para la eternidad en heladas celosías de luz. Podían
convertirse en criaturas de radiación, libres al fin de la tiranía de la materia.
Por ende se transformaban actualmente en pura energía: y en mil mundos, las vacías
conchas que habían desechado se contraían en una insensata danza de muerte,
desmenuzándose luego en herrumbre.
Ahora eran los señores de la Galaxia, y estaban más allá del alcance del tiempo.
Podían vagar a voluntad entre las estrellas, y sumirse como niebla sutil a través de los
intersticios del espacio. M a pesar de sus poderes, semejantes a los de los dioses, no
as
habían olvidado del todo su origen, en el cálido limo de un desaparecido mar.
Y seguían aún los experimentos que sus antepasados habían comenzado hacía ya
mucho tiempo.

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