tendido sobre todo el firmamento; aunque eran tan tenues, que sólo lograban empañar la
luz del sol, sus miríadas de cristales la refractaban y diseminaban en deslumbrante
pirotecnia... Y al moverse el sol tras la deriva de una anchura de mil quinientos kilómetros
de hielo en órbita, pálidos fantasmas suyos marchaban y emergían a través del
firmamento que se llenaba de variables fulgores y resplandores. Luego el Sol de sumía
bajo los anillos, que lo enmarcaban con sus arcos, y cesaban los celestes fuegos de
artificio.
Poco después, la nave penetró en la sombra de Saturno, al efectuar su mayor
aproximación al lado nocturno del planeta. Arriba brillaban las estrellas y los anillos; abajo
se tendía un mar borroso de nubes. No había ninguna de las misteriosas formas de
luminosidad que habían resplandecido en la noche Joviana; quizás era Saturno
demasiado frío para tales exhibiciones. El abigarrado paisaje de nubes se revelaba sólo
por la espectral radiación reflejada desde los circulantes icebergs, iluminados aún por el
oculto Sol. Pero en el centro del arco había un boquete ancho y oscuro, semejante al arco
que faltara a un puente incompleto, y donde la sombra del planeta se tendía a través de
sus anillos.
Se había interrumpido el contacto por radio con la Tierra, y no podía ser reanudado
hasta que la nave emergiera de la masa eclipsante de Saturno. Era quizá conveniente
que Bowman se hallara ahora demasiado ocupado para pensar en su soledad,
súbitamente hechizada; durante las horas siguientes, en todo momento estaría atareado
en la comprobación de las maniobras de frenaje.
Tras sus meses de ociosidad, los propulsores comenzaron a expeler sus cataratas de
kilómetros de longitud de ígneo plasma. Volvió la gravedad, aunque brevemente, al
ingrávido mundo del puente de mando. Y cientos de kilómetros más abajo, las nubes de
metano y de helado amoníaco, fulguraron con una luminosidad que él no había visto
nunca, al pasar la Discovery ante un fogoso y minúsculo Sol, a través de la noche
saturniana.
Al fin, asomó por delante el pálido alba; la nave, moviéndose ahora cada vez más
lentamente, emergió al día. No podría escapar más del Sol, ni siquiera de Saturno... pero
aún se movía con bastante rapidez para alzarse del planeta hasta rozar la órbita de
Japeto, a más de tres millones de kilómetros de distancia.
Llevaría a la Discovery catorce días dar aquel salto, al navegar una vez más, aunque
en sentido contrario, a través de las trayectorias de todas las lunas interiores. Una por una
cruzaría las órbitas de Mimas, Encélado, Tetis, Dione, Rea, Titán, Hiperión, mundos
portadores de nombres de dioses y diosas que se desvanecieron sólo ayer, tal como se
contaba allí el tiempo.
Luego encontraría a Japeto, y debía efectuar la reunión. Si fallaba ésta, volvería a caer
hacia Saturno y repetiría indefinidamente su elipse de 28 días.
No habría oportunidad de una segunda reunión, si la Discovery marraba este intento.
La próxima vez, Japeto se hallaría casi al otro lado de Saturno.
Verdad era que podían encontrarse de nuevo, cuando se cruzaran por segunda vez las
órbitas de nave y satélite. Pero ello había de acontecer tantos años más tarde que,
sucediera lo que sucediese, Bowman sabía que no sería testigo de ello.



35 ­ El ojo de Japeto

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