La Discovery estaba ahora profundamente sumida en el vasto sistema de lunas, y el
mismo gran planeta se hallaba a menos de un día de viaje. Hacía tiempo que la nave
había pasado el límite marcado por la externa, Febe, retrogradando en una extravagante
órbita excéntrica. Ante ella se encontraban ahora Japeto, Hiperión, Titán, Rea, Dione,
Tetis, Encélado, Mimas... y los propios anillos. Todos los satélites mostraban confusos
detalles de su superficie en el telescopio, y Bowman había retransmitido a la Tierra tantas
fotografías como pudo tomar. Sólo Titán -de casi cinco mil kilómetros de diámetro y tan
grande como el planeta Mercurio- ocuparía durante meses a un equipo de inspección;
sólo podría darle, como a todos sus fríos compañeros, la más breve de las ojeadas. No
había necesidad de más; estaba ya completamente seguro de que Japeto era realmente
su meta.
Todos los demás satélites estaban marcados con los hoyos de ocasionales cráteres
meteóricos -aunque mucho menos que Marte- y mostraban aparentemente casuales
formas de luz y sombra, con brillantes puntos aquí y allá, que eran probablemente zonas
de gas helado. Sólo Japeto poseía una distintiva geografía, y por cierto muy rara. Un
hemisferio del satélite -que, como sus compañeros, presentaba siempre la misma cara
hacia Saturno- era extremadamente oscuro y mostraba muy poco detalle de su superficie.
En completo contraste, el otro estaba dominado por un brillante óvalo blanco, de unos
seiscientos cincuenta kilómetros de longitud y algo más de trescientos de anchura. En
aquel momento sólo estaba a la luz del día parte de aquella sorprendente formación, pero
la razón de la extraordinaria variación en el albedo de Japeto resultaba ya obvia. En el
lado de poniente de la órbita del satélite, la brillante elipse daba la cara al Sol... y a la
Tierra. En la fase de levante, la franja se desviaba, y sólo podía ser observado el
hemisferio pobremente reflejado.
La gran elipse era perfectamente simétrica, extendiéndose sobre el ecuador de Japeto
con su eje mayor apuntando hacia los polos, y era tan aguda que parecía como si alguien
hubiese pintado esmeradamente un inmenso óvalo blanco en la cara de la pequeña luna.
Era completamente liso el tal óvalo, y Bowman se preguntó si podía ser un lago de líquido
helado... aun cuando ello apenas contaría para su sobrecogedora apariencia artificial.
Pero tuvo poco tiempo para estudiar a Japeto en su camino hacia el corazón del
sistema, pues se estaba aproximando rápidamente al apogeo del viaje... la última
maniobra de desviación de la Discovery. En el transvuelo de Júpiter, la nave había
utilizado el campo gravitatorio del planeta para aumentar su velocidad. Ahora debía hacer
la operación inversa; tenía que perder tanta velocidad como fuera posible, si no quería
escapar al Sistema Solar y volar hacia las estrellas. Su rumbo presente estaba destinado
a ser atrapada, de manera que se convirtiese en otra luna de Saturno, moviéndose a
través de una exigua elipse de poco más de tres millones de kilómetros de longitud. En su
punto más próximo rozaría casi el planeta; en el más lejano, tocaría la órbita de Japeto.
Los computadores de Tierra, aunque su información tenía siempre una demora de tres
horas, habían asegurado a Bowman que todo estaba en orden. La velocidad y la altitud
eran correctas; no había nada más que hacer hasta el momento de la mayor
aproximación.
El inmenso sistema de anillos se hallaba ahora tendido en el firmamento, y la nave
había rebasado ya su borde extremo. Al mirarlos desde una altura de unos quince mil
kilómetros, Bowman pudo ver por intermedio del telescopio que los anillos estaban
formados en gran parte por hielo, que destellaba y relucía a la luz del Sol. Parecía estar
volando sobre un glaciar que ocasionalmente se aclaraba para revelar, donde debiera
haber estado la nieve, desconcertantes vislumbres de noche y estrellas.
Al doblar la Discovery aún más hacia Saturno, el sol descendía lentamente hacia los
múltiples arcos de los anillos. Estos se habían convertido en un grácil puente de plata

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