más. Finalmente halló la paz y el sosiego, como a muchos les había sucedido, en la
abstracta arquitectura de Bach, ocasionalmente mezclada con Mozart.
Y así la Discovery siguió su curso, resonando a menudo con la fría música del
clavicordio, y con los helados pensamientos de un cerebro que había sido polvo hacía
cientos de años.


Incluso desde sus actuales dieciséis millones de kilómetros, Saturno aparecía ya más
grande que la Luna vista desde la Tierra. Era un magnífico espectáculo para el ojo
desnudo; a través del telescopio, su visión resultaba increíble.
El cuerpo del planeta podía haber sido confundido con el de Júpiter en uno de sus más
sosegados trances. Había allí las mismas bandas nubosas -si bien más pálidas y menos
distintas que las del mundo ligeramente más grande- y las mismas perturbaciones, del
tamaño de continentes, moviéndose lentamente a través de la atmósfera. Sin embargo,
había una acusada diferencia entre los dos planetas; hasta con una simple ojeada,
resultaba obvio que Saturno no era esférico. Estaba tan achatado en los polos, que a
veces daba la impresión de una leve deformidad.
Pero la magnificencia de los anillos apartaba continuamente la mirada de Bowman del
planeta; en su complejidad de detalle y delicadeza de sombreado, eran un universo en sí
mismo. Añadiéndose al boquete principal entre los anillos interiores y exteriores, había por
lo menos otras cincuenta subdivisiones o linderos, donde se percibían distintos cambios
en la brillantez del gigantesco halo del planeta. Era como si Saturno estuviese rodeado
por docenas de anillos concéntricos, todos tocándose mutuamente, y todos tan lisos, que
podrían haber sido cortados en el papel más fino posible. El sistema de los anillos parecía
una delicada obra de arte, un frágil juguete destinado a ser admirado pero nunca tocado.
Ni haciendo un gran esfuerzo de voluntad podía Bowman apreciar realmente su
verdadera escala, y convencerse que todo el planeta Tierra, de ser colocado allí,
parecería la bola de un cojinete rodando en torno al borde de una bandeja para la comida.
A veces surgía una estrella tras los anillos, perdiendo sólo un poco de su brillo al
hacerlo. Continuaba brillando a través de su translúcida materia... si bien a menudo
titilaba levemente cuando la eclipsaban algunos fragmentos mayores de restos en órbita.
En cuanto a los anillos, como era sabido desde el siglo XIX, no eran sólidos. Consistían
en innumerables miríadas de fragmentos..., restos quizá de un satélite que se había
aproximado demasiado, siendo hecho añicos por la atracción del gran planeta. Sea cual
fuere su origen, la especie humana podía considerarse afortunada por haber visto tal
maravilla; podía existir sólo durante un breve lapso de tiempo en la historia del Sistema
Solar.
Ya en 1945, un astrónomo Británico había señalado que los anillos eran efímeros, pues
las fuerzas gravitatorias en acción los destruirían. Retrotrayendo ese argumento en el
tiempo, se seguía por ende que dichos anillos habían sido creados recientemente... hacía
unos simples dos o tres millones de años.
Mas nadie había tenido nunca ni el más leve pensamiento en la singular coincidencia
de que los anillos de Saturno nacieron al mismo tiempo que la especie humana.



34 ­ El hilo orbital

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