aproximándose pronto a su primer centenario; mas había comenzado a mostrar unas
cuantas grietas, y aun en el caso de que Einstein fuese inatacable, podía soslayársele.
Quienes sustentaban este punto de vista hablaban esperanzadoramente de atajos de
dimensiones superiores, de líneas que eran más rectas que la recta, y de conectividad
hiperespacial. Gustaban de emplear una expresiva frase, acuñada por un matemático de
Princeton en el pasado siglo: "Picaduras de gusano en el espacio." A los críticos que
sugerían que estas ideas eran demasiado fantásticas para ser tomadas seriamente, se les
recordaba el dicho de Niels Bohr: "Su teoría es insensata... mas no lo bastante para ser
verdadera."
Si había polémica entre los físicos, no era nada comparada con la surgida entre los
biólogos, cuando discutían el viejo problema: "¿Qué aspecto tendrían los extraterrestres
inteligentes?" Se dividían en dos campos opuestos... argumentando unos que dichos
seres debían ser humanoides, y convencidos igualmente los otros que "ellos" no se
parecerían en nada a los seres humanos.
En abono a la primera respuesta estaban los que creían que el diseño de dos piernas,
dos brazos, y principales órganos sensoriales de superior calidad, era tan básico y tan
sencillo que resultaba difícil encontrar uno mejor. Desde luego, habría pequeñas
diferencias como la de seis dedos en lugar de cinco, piel o cabello de raro color, y
peculiares rasgos faciales; pero la mayoría de los extraterrestres inteligentes -en
abreviatura generalmente empleada, los E.T.- serían tan similares al hombre, que podría
confundírseles con él, con poca luz o a distancia.
Este pensar antropomórfico era ridiculizado por otro grupo de biólogos, auténticos
productos de la era espacial que se sentían libres de los prejuicios del pasado. Señalaban
que el cuerpo humano era el resultado de millones de selecciones evolutivas, efectuadas
por azar en el curso de períodos geológicos dilatadísimos. En cualquiera de estos
incontables momentos de decisión, el dado genético podía haber caído de diferente
manera, quizá con mejores resultados. Pues el cuerpo humano era una singular pieza de
improvisación, lleno de órganos que se habían desviado de una función a otra, no siempre
con mucho éxito... y que incluso contenía accesorios descartados, como el apéndice, que
resultaban ya del todo inútiles.
Había otros pensadores -Bowman lo hallaba así también- que sustentaban puntos de
vista aun más avanzados, no creían que seres realmente evolucionados poseyeran en
absoluto un cuerpo orgánico. Más pronto o más tarde, al progresar su conocimiento
científico, se desembarazarían de la morada, propensa a las dolencias y a los accidentes,
que la naturaleza les había dado, y que los condenaban a una muerte inevitable.
Reemplazarían su cuerpo natural a medida que se desgastasen -o quizás antes- con
construcciones de metal o de plástico, logrando así la inmortalidad. El cerebro podría
demorarse algo como último resto del cuerpo orgánico, dirigiendo sus miembros
mecánicos y observando el Universo a través de sus sentidos electrónicos... sentidos
mucho más finos y sutiles que aquellos que la ciega evolución pudiera desarrollar jamás.
Hasta en la Tierra se habían dado ya los primeros pasos en esa dirección. Había
millones de hombres, que en otra época hubiesen sido condenados, que ahora vivían
activos y felices gracias a miembros artificiales, riñones, pulmones y corazones. A este
proceso sólo cabía una conclusión... por muy lejana que pudiera estar.
Y eventualmente, hasta el cerebro podría incluirse en él. No resultaba esencial como
sede de la conciencia, como lo había probado el desarrollo de la inteligencia electrónica.
El conflicto entre mente y máquina podía ser resuelto al fin en la tregua eterna de una
perfecta simbiosis.

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