mental no aflojaba su presa y se vio forzado a seguir la lección hasta el final, aunque
todos sus instintos se sublevaran contra ello.
Aquellos instintos habían servido bien a sus antepasados, en los días de cálidas lluvias
y abundante fertilidad, cuando por doquiera se hallaba el alimento presto a la recolección.
Mas los tiempos habían cambiado, y la sabiduría heredada del pasado se había
convertido en insensatez. Los mono-humanoide tenían que adaptarse, o morir... como las
grandes bestias que habían desaparecido antes que ellos, y cuyos huesos se hallaban
empotrados en los cerros de caliza.
Así, Moon-Watcher miró con mirada fija y sin que le pestañearan los ojos el monolito de
cristal, mientras su cerebro permanecía abierto a sus aún inciertas manipulaciones. A
menudo sentía nauseas, pero siempre tenía hambre; y de cuando en cuando sus manos
se contraían inconscientemente sobre los moldes que habían de determinar su nuevo
sistema de vida.
Moon-Watcher se detuvo de súbito, cuando la hilera de cerdos atravesó la senda,
olisqueando y gruñendo. Cerdos y mono-humanoide se habían ignorado siempre
mutuamente, pues no había conflicto alguno de intereses entre ellos. Como la mayoría de
los animales que no competían por el mismo alimento, se mantenían simplemente
apartados de sus caminos particulares.
Sin embargo, a la sazón Moon-Watcher quedóse contemplándolos, con inseguros
movimientos hacia atrás y adelante al sentirse hostigado por impulsos que no podía
comprender. De pronto, y como en un sueño, comenzó a buscar en el suelo... no sabría
decir qué, aun cuando hubiese tenido la facultad de la palabra. Lo reconoció al verlo.
Era una piedra pesada y puntiaguda, de varios centímetros de longitud, y aunque no
encajaba perfectamente en su mano, serviría. Al blandirla, aturrullado por el repentino
aumento de peso, sintió una agradable sensación de poder y autoridad. Y seguidamente
comenzó a moverse en dirección al cerdo más próximo.
Era un animal joven y estólido, hasta para la norma de inteligencia de aquella especie.
Aunque lo observó con el rabillo del ojo, no lo tomó en serio hasta demasiado tarde. ¿Por
qué habrían de sospechar aquellas inofensivas criaturas de cualquier maligno intento?
Siguió hozando la hierba hasta que el martillo de piedra de Moon-Watcher le privó de su
vaga conciencia. El resto de la manada siguió pastando sin alarmarse, pues el asesinato
había sido rápido y silencioso.
Todos los demás mono-humanoide del grupo se habían detenido para contemplar la
acción, y se agrupaban ahora con admirativo asombro en torno a Moon-Watcher y su
víctima. Uno de ellos recogió el arma manchada de sangre, y comenzó a aporrear con ella
al cerdo muerto. Otros se le unieron en la tarea con toda clase de palos y piedras que
pudieron recoger, hasta que su blanco quedó hecho una pulpa sanguinolenta.
Luego sintieron hastío; unos se marcharon, mientras otros permanecieron vacilantes en
torno al irreconocible cadáver... pendiente de su decisión el futuro de un mundo. Pasó un
tiempo sorprendentemente largo hasta que una de las hembras con cría comenzase a
lamer la sangrienta piedra que sostenía en sus manos.
Y todavía paso mucho más tiempo antes de que Moon-Watcher, a pesar de todo lo que
se le había enseñado, comprendiese realmente que no necesitaba tener hambre nunca
más.



4 ­ El leopardo

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