el primero en entrar en contacto con extraterrestres inteligentes. Desde su presente punto
de vista, pensando en la Tierra como en una opaca estrella casi perdida en el Sol, tales
consideraciones parecían ahora ridículas.
Antes bien, estaba más interesado -aun cuando ahora fuese ya agua pasada- en la
teoría expuesta para justificar la conducta de Hal. Nadie estaría nunca seguro de la
verdad, pero el hecho de que un 9.000 del Control de la Misión hubiese sido inducido a
una idéntica psicosis, y estuviera ahora sometido a una profunda terapia, sugería que la
explicación era la correcta. No podía cometerse de nuevo el mismo error; pero el hecho
de que los constructores de Hal hubiesen fallado por completo en comprender la
psicología de su propia creación, demostraba cuán diferente podía resultar establecer
comunicación con seres verdaderamente ajenos al hombre.
Bowman podía creer fácilmente en la teoría del doctor Simonson de que inconscientes
sentimientos de culpabilidad, motivados por sus conflictos de programa, habían sido la
causa de que Hal intentara romper su circuito con Tierra. Y le gustaba pensar -aun
cuando ello no podría demostrarse nunca- que Hal no tuvo intención alguna de matar a
Poole. Había simplemente intentado destruir la evidencia. Pues en cuanto se mostrase el
estado de funcionamiento de la unidad A.E.-35, que había dado por fundida, sería
descubierta su mentira. Tras esto, y como cualquier torpe criminal atrapado en la cada
vez más espesa telaraña del embrollo, había sido presa del pánico.
Y el pánico era algo que Bowman comprendía, mejor de lo que deseara pues lo había
experimentado dos veces en su vida. La primera, de chico, al resultar casi ahogado por la
resaca; la segunda, como astronauta en entrenamiento, cuando un dispositivo defectuoso
le había convencido de que se le agotaría el oxígeno antes de ponerse a salvo.
En ambas ocasiones, había casi perdido el control de sus superiores procesos lógicos;
en segundos se había convertido en un frenético manojo de desbocados impulsos. Ambas
veces había vencido, pero sabía muy bien que cualquier hombre podía a veces ser
deshumanizado por el pánico.
Y si ello podía suceder a un hombre, también pudo ocurrirle a Hal; y con este
conocimiento comenzó a esfumarse el encono y el sentimiento de traición que
experimentaba hacia el computador. Ahora, en cualquier caso, ello pertenecía a un
pasado que estaba eclipsado por completo por la amenaza y la promesa del desconocido
futuro.



32 ­ Conceniente a los E.T.


Aparte de presurosas comidas en el tiovivo -por fortuna no habían resultado averiados
los dispensadores- Bowman vivía prácticamente en el puente de mando. Se retrepaba en
su asiento, pudiendo así localizar cualquier trastorno tan pronto como aparecieran sus
primeros signos en la pantalla exhibidora. Siguiendo instrucciones del Control de la
Misión, había ajustado varios sistemas de emergencia que estaban funcionado muy bien.
Hasta parecía posible que él sobreviviese hasta que la Discovery alcanzara Saturno, lo
cual, desde luego, ella haría, estuviese o no él vivo.
Aunque tenía bastante tiempo para interesarse por las cosas, y el firmamento del
espacio no fuese una novedad para él, el conocimiento de lo que había al exterior de las
portillas de observación le dificultaba concentrarse siquiera en el problema de la
supervivencia. Tal como estaba orientada la nave, la muerte se agazapaba en la Vía
Láctea, con sus nubes de estrellas tan atestadas que embotaban la mente. Allá estaban

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