un gran barco. Pero en el océano del espacio, ninguna nave podía hundirse nunca; aun si
fuese destruida, sus restos continuarían trazando para siempre la órbita original.
Sin embargo, la Discovery no estaba del todo muerta, pues había energía a bordo, un
débil fulgor azul reverberaba en las ventanas del observatorio y resplandecía tenuemente
en el interior de la abierta cámara reguladora de presión. Y donde había luz, podía aún
haber vida.
Y ahora, al fin, hubo movimiento. Sombras ondeaban en el resplandor azul del interior
de la cámara reguladora. Algo estaba emergiendo al espacio.
Era un objeto cilíndrico, cubierto con una textura que había sido enrollada toscamente.
Un momento después fue seguido por otro... y un tercero aun. Todos habían sido
eyectados a considerable velocidad; en unos minutos, estuvieron a cientos de metros.
Transcurrió media hora; luego, algo mucho más grande flotó a través de la cámara
reguladora de presión, era una de las cápsulas que salía al espacio.
Muy cautelosamente, se propulsó en torno al casco, y anclóse cerca de la base del
soporte de la antena. Emergió de ella una figura con traje espacial, operó algunos minutos
en la armazón de la antena, y volvióse luego a la cápsula. Al cabo de un rato, ésta
desanduvo su camino a la cámara reguladora de presión; quedóse suspendida al exterior
de la entrada durante algún tiempo, como si hallase dificultad en la reentrada sin la
cooperación que conociera en el pasado. Pero seguidamente, con uno o dos ligeros
topetazos, pasó apretujadamente al interior.
Nada más sucedió durante una hora; los tres siniestros bultos habían desaparecido
hacía tiempo de la vista, flotando en fila india.
Luego, las puertas de la cámara reguladora de presión se cerraron, se abrieron, y
volvieron a cerrarse. Un poco después se apagó el débil resplandor de la luces de
emergencia... para ser reemplazado al instante por un fulgor mucho más brillante. La
Discovery estaba volviendo a la vida.
Seguidamente hubo un signo aún mejor. El gran cuenco de la antena, que había
estado durante horas mirando con fijeza inútil a Saturno, comenzó a moverse de nuevo.
Giró en redondo hacia la popa de la nave, mirando de nuevo a los tanques de propulsión
y a los miles de metros cuadrados de las irradiantes aletas. Alzó su cara como un girasol
buscando al astro rey...
En el interior de la Discovery, David Bowman centró cuidadosamente la retícula del
anteojo que alineaba la antena con la Tierra. Sin control automático tenía que mantenerse
reajustando el haz... pero éste se sostendría firme durante varios minutos seguidos. No
había impulsos divergentes que lo apartasen de su blanco.
Comenzó a hablar a Tierra. Pasaría una hora antes de que llegasen a ella sus
palabras, y supiera el Control de la Misión lo que había sucedido. Y dos horas, antes de
que le llegase a él cualquier respuesta.
Y era difícil imaginar que respuesta podría enviar Tierra, excepto un ponderado y
compadecido "Adiós".



30 ­ El secreto

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