nuevo sintió él serpear inquisidores zarcillos por inusitados lugares ocultos de su cerebro.
Y entonces comenzó a ver visiones.
Podían haber estado dentro del bloque de cristal; podían haberse hallado del todo en el
interior de su mente. En todo caso para Moon-Watcher eran absolutamente reales. Sin
embargo, el habitual impulso automático de arrojar de su territorio a los invasores, había
sido adormecido.
Estaba contemplando un pacífico grupo familiar, que difería sólo en su aspecto de las
escenas que él conocía. El macho, la hembra y las dos crías que habían aparecido
misteriosamente ante él, eran orondos, de piel suave y reluciente... y esta era una
condición de vida que Moon-Watcher no había imaginado nunca. Inconscientemente, se
palpó sus sobresalientes costillas; las de aquellas criaturas estaban cubiertas por una
capa adiposa. De cuando en cuando se desperezaban flojamente, tendidos a pierna
suelta a la entrada de una cueva, al parecer en paz con el mundo. Ocasionalmente, en
gran macho emitía un enorme gruñido de satisfacción.
No hubo allí ninguna otra actividad, y al cabo de cinco minutos se desvaneció de súbito
la escena. El cristal no era ya más que una titilante línea en la oscuridad; Moon-Watcher
se sacudió como despertándose de un sueño, percatándose bruscamente de donde se
encontraba, y volvió a conducir a la tribu a las cuevas.
No tenía ningún recuerdo consciente de lo que había visto; pero aquella noche,
sentado caviloso a la entrada de su cubil, con el oído aguzado a los ruidos del mundo que
le rodeaba, sintió las primeras punzadas de una nueva y poderosa emoción. Era una vaga
y difusa sensación de envidia... o de insatisfacción con su vida. No tenía la menor idea de
su causa, y menos aún de su remedio; pero el descontento había penetrado en su alma, y
había dado un pequeño paso hacia la humanidad.
Noche tras noche, se repitió el espectáculo de aquellos cuatro rollizos monos
humanoide, hasta convertirse en fuente de fascinada exasperación, que servía para
aumentar el hambre eterna y roedora de Moon-Watcher. La evidencia de sus ojos no
podía haber producido ese efecto; necesitaba un refuerzo psicológico. Había ahora en la
vida de Moon-Watcher lagunas que nunca recordaría, cuando los átomos de su simple
cerebro estaban siendo trenzados en nuevos moldes. Si sobrevivía, esos moldes se
tornarían eternos, pues su gen se transmitiría entonces a las futuras generaciones.
Era un lento y tedioso proceso, pero el monolito de cristal era paciente. No cabía
esperar que ni él, ni sus reproducciones desperdigadas a través de la mitad del globo
tuvieran éxito con todas las series de grupos implicados en el experimento. Cien fracasos
no importarían, si un simple logro pudiese cambiar el destino de un mundo.
Para cuando llegó la siguiente luna nueva, la tribu había visto un nacimiento y dos
muertes. Una de éstas había sido debida a la inanición; la otra aconteció durante el ritual
nocturno, cuando un macho de desplomó de súbito mientras intentaba golpear
delicadamente dos piedras. Al punto, el cristal se oscureció, y la tribu había quedado
liberada del ensalmo. Pero el caído no se movió; y por la mañana, desde luego, había
desaparecido.
No hubo ejecución la siguiente noche; el cristal se hallaba aún analizando su error. La
tribu pasó ante él en la oscuridad, ignorando su presencia por completo. La noche
siguiente estuvo de nuevo dispuesta la función.
Los cuatro rollizos mono-humanoide estaban aún allí, y esta vez hacían cosas
extraordinarias. Moon-Watcher comenzó a temblar irrefrenablemente; sentía como si le
fuese a estallar el cerebro, y deseaba apartar la vista. Pero aquel implacable control

8