En el último instante recuperó la voz y gritó:
¡Hal! "¡Frenado total...!"
Pero ya era demasiado tarde.
En el momento del impacto, Betty se estaba moviendo aún muy lentamente, no había
sido construida para elevadas aceleraciones. Pero aun a unos simples quince kilómetros
por hora, media tonelada de masa puede ser verdaderamente mortal, en la Tierra o en el
espacio...
A bordo de la Discovery, aquel truncado grito por radio hizo que Bowman diera un bote
tan violento que apenas pudieron sus sujetadores mantenerlo en su asiento.
- ¿Qué ha ocurrido, Frank? - preguntó.
No hubo ninguna respuesta.
Volvió a llamar, de nuevo ninguna réplica.
De pronto, a través de las amplias ventanas de observación vio que algo se movía en
su campo de visión. Con asombro tan grande como el que experimentara Poole, vio que
era la cápsula espacial, que partía con toda su potencia hacia las estrellas.
- ¿Hal? - gritó -. ¿Qué es lo que anda mal? ¡Impulso de frenado total a Betty! ¡Impulso
de frenado total!
Nada sucedió, Betty continuó acelerando en su fuga.
Lugo, remolcado por ella al extremo de su cable de seguridad, apareció un traje
espacial. Una ojeada fue suficiente para decir a Bowman lo peor. No había error posible
en los fláccidos contornos de un traje espacial que había perdido su presión y que estaba
abierto al vacío.
Sin embargo, volvió a llamar estúpidamente, como si un hechizo pudiese volver a traer
al muerto.
- Oye, Frank... oye Frank... ¿puedes oírme...? ¿puedes oírme...? Agita los brazos si
puedes oírme... Acaso tu transmisor esté dañado... Agita los brazos.
Y de pronto, como en respuesta a su súplica, Poole agitó los brazos. Durante un
instante, Bowman sintió que se le erizaban los cabellos. Las palabras que estuvo a punto
de pronunciar murieron en sus labios, repentinamente resecos. Pues sabía que su a migo
no podía estar con vida; pero sin embargo, agitaba los brazos...
El espasmo de esperanza y miedo pasó instantáneamente, en cuanto la fría lógica
reemplazó a la emoción. La cápsula, que aún aceleraba, estaba simplemente sacudiendo
el peso que arrastraba. El gesto de Poole era en eco del capitán Ahab cuando, pegado a
los flancos de la ballena blanca, su cadáver había hecho señal a la tripulación del Pequod,
llamándola a su fatal destino.
En cinco minutos, la cápsula espacial y su satélite se desvanecieron entre las estrellas.
Durante un largo rato David Bowman quedó con la mirada clavada en el vacío que se
extendía aún, millones de kilómetros más adelante, hasta la meta que ahora estaba
seguro de no poder alcanzar nunca. Sólo un pensamiento se mantuvo martilleando en su
cerebro.
Frank Poole sería el primero de todos los hombres en alcanzar Saturno.



26 ­ Diálogo con Hal

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