Sin saber por que, se inclinó y recogió una piedrecita. Al incorporarse, vio que había
una nueva imagen en la losa del cristal.
Las formas danzantes habían desaparecido, dejando en su lugar una serie de círculos
concéntricos que rodeaban un intenso disco negro.
Obedeciendo las silenciosas órdenes que oía en su cerebro, arrojó la piedra con torpe
impulso de volea, fallando el blanco por bastantes centímetros.
"Inténtalo de nuevo", dijo la orden. Buscó en derredor hasta hallar oro guijarro. Y ésta
vez su lanzamiento dio en la losa, produciendo un sonido como de campana. Sin embargo
todavía era muy deficiente su puntería, aunque había sin duda mejorado.
Al cuarto intento, el impacto dio sólo a milímetros del blanco. Una sensación de
indescriptible placer, casi sexual en su intensidad, inundó su mente. Aflojóse luego el
control, y ya no sintió ningún impulso para hacer nada, excepto quedarse esperando.
Una a uno cada miembro de la tribu fue brevemente poseído. Algunos tuvieron éxito,
pero la mayoría fallaron el las tareas que se les habían impuesto, y todos fueron
recompensados apropiadamente con espasmos de placer o de dolor.
Ahora había sólo un fulgor uniforme y sin rasgos en la gran losa, por lo que se
asemejaba a un bloque de luz superpuesto en la circundante oscuridad. Como si se
despertasen de un sueño, los mono-humanoide menearon sus cabezas, y comenzaron
luego a moverse por la vereda en dirección a sus cobijos. No miraron hacia atrás ni se
maravillaron ante la extraña luz que estaba guiándoles a sus hogares... y a un futuro
desconocido hasta para las estrellas.



3 ­ Academia


Moon-Watcher y sus compañeros no conservaban recuerdo alguno de lo que habían
visto, después de que el cristal cesara de proyectar su hipnótico ensalmo en sus mentes y
de experimentar con sus cuerpos. Al día siguiente, cuando salieron a forrajear, pasaron
ante la losa sin apenas dedicarle un pensamiento; ella formaba ahora parte del
desechado fondo de sus vidas. No podían comerla, ni tampoco ella a ellos; por lo tanto,
no era importante.
Abajo, en el río, los Otros profirieron sus habituales amenazas ineficaces. Su jefe, un
mono-humanoide con sólo una oreja y de la corpulencia y edad de Moon-Watcher,
aunque en peor condición, hasta se permitió dar una breve carrera en dirección al
territorio de la tribu, gritando y agitando los brazos en un intento de amedrentar a la
oposición y apuntalar su propio valor. El agua del riachuelo no tenía en ninguna parte una
profundidad mayor que treinta y cinco centímetros, pero cuanto más se adentraba en ella
Una-Oreja, más inseguro y desdichado se mostraba, hasta que no tardó en detenerse,
retrocediendo luego, con exagerada dignidad, para unirse a sus compañeros.
Por lo demás, no hubo cambio alguno en la rutina normal. La tribu recogió suficiente
alimento para sobrevivir otro día, y ninguno murió.
Y aquella noche, la losa de cristal se hallaba aún a la espera, rodeada de su palpitante
aura de luz y sonido. Sin embargo el programa que había fraguado, era sutilmente
diferente.
A algunos de los mono-humanoide los ignoró por completo, como si se estuviese
concentrando en los sujetos más prometedores. Uno de estos fue Moon-Watcher; de

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