De nuevo repitió Hal sus instrucciones; a cada frase, Poole tenía sólo que decir "¡Alto!"
y el computador detendría inmediatamente la secuencia.
Las paredes de la nave se abrieron ante él. Poole sintió mecerse brevemente la
cápsula al precipitarse al espacio los últimos tenues vestigios de aire. Luego, vio las
estrellas... y daba la casualidad de que precisamente el minúsculo y áureo disco de
Saturno, aún a seiscientos cincuenta millones de kilómetros, estaba ante él.
- Comience eyección cápsula.
Muy lentamente, el riel del que estaba colgada la cápsula se extendió a través de la
puerta abierta, hasta quedar el vehículo suspendido justamente fuera del casco de la
nave.
Poole hizo dar una segunda descarga al propulsor principal, y la cápsula se deslizó
suavemente fuera del riel, convirtiéndose al fin en un vehículo independiente,
prosiguiendo su propia órbita en torno al Sol. Ahora no tenía él conexión alguna con la
Discovery... ni siquiera un cable de seguridad. La cápsula raramente causaba trastorno; y
hasta si quedaba desamparada, Bowman podía ir fácilmente a rescatarla.
Betty respondió suavemente a los controles; la hizo derivar durante treinta metros,
comprobó luego su impulso, y la hizo girar en redondo de manera que se hallase de
nuevo mirando a la nave. Luego comenzó a rodear el casco de presión.
Su primer blanco era un área fundida de aproximadamente un centímetro y medio de
diámetro, con un minúsculo hoyo central. La partícula de polvo meteórico que había
verificado allí su impacto a más de ciento cincuenta mil kilómetros por hora, era
ciertamente más pequeña que una cabeza de alfiler, y su enorme energía cinética la
había vaporizado al instante. Como con frecuencia sucedía, el orificio parecía haber sido
causado por una explosión desde el interior de la nave; a esas velocidades, los materiales
se comportaban de extraños modos y raramente se rigen por el sentido común de las
leyes de la mecánica.
Poole examinó cuidadosamente el área, y la roció luego con encastrador de un
recipiente presurizado que tomó del instrumental de la cápsula. El blanco y gomoso
líquido se extendió sobre la piel metálica, ocultando a la vista el agujero. La grieta expelió
una gran burbuja, que estalló al alcanzar unos quince centímetros de diámetro, luego otra
más pequeña, y ninguna más, al tomar consistencia el encastrador. Poole contempló
intensamente la reparación durante varios minutos, sin que hubiese una ulterior señal de
actividad, sin embargo, para asegurarse del todo, aplicó una segunda capa, dirigiéndose
seguidamente hacia la antena.
Le llevó algún tiempo contornear el casco esférico de la Discovery, pues mantuvo a la
cápsula a una velocidad no superior a unos cuantos palmos por segundo. No tenía prisa,
y resultaba peligroso moverse a gran velocidad a tanta proximidad de la nave. Tenía que
andar con mucho tiento con los varios sensores y armazones instrumentales que se
proyectaban del casco en lugares inverosímiles, y tener también sumo cuidado con la
ráfaga de su propio propulsor. Caso de que chocara con alguno de los más frágiles de los
avíos, podría causar gran daño.
Cuando llegó por fin a la antena parabólica de largo alcance, de siete metros de
diámetro, examinó minuciosamente la situación. El gran cuenco parecía estar apuntando
directamente al Sol, pues la Tierra se hallaba ahora casi en línea con el disco solar. La
armadura de la antena y todo su dispositivo de orientación se encontraban por ende en
una total oscuridad, oculto en la sombra del gran platillo metálico.
Poole se había aproximado desde atrás; había tenido sumo cuidado en no ponerse
frente al reflector parabólico, para que Betty no interrumpiese el haz y motivara una

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