un mensaje que podía ser entendido al instante; era la imagen de TV, en color, enviada
por la sonda que caía hacia el planeta gigante.
Las primeras vistas llegaron cuando el robot había entrado ya en la atmósfera, y había
desechado su escudo protector. Todo lo que era visible era una bruma amarilla, moteada
de manchas escarlatas y que se movía ante la cámara a vertiginosa velocidad... fluyendo
hacia arriba al caer la sonda a varios cientos de kilómetros por hora.
La bruma se tornó más espesa; resultaba imposible saber si la cámara estaba
intentando ver en diez centímetros o en diez kilómetros, pues no aparecía detalle alguno
que pudiera enfocar el ojo. Parecía que, en cuanto a la TV concernía, la misión era un
fracaso. Los instrumentos habían funcionado, pero no había nada que pudiese verse en
aquella brumosa y turbulenta atmósfera.
Y de pronto, casi bruscamente, la bruma se desvaneció. La sonda debió de haber
caído a través de la base de una elevada capa de nubes, y salido a una zona clara...
quizás a una región de hidrógeno casi puro con sólo un esparcido desperdigamiento de
cristales de amoníaco. Aunque aún resultaba en absoluto imposible juzgar la escala de la
imagen, la cámara evidentemente estaba abarcando kilómetros.
La escena era tan ajena a todo lo conocido, que durante un momento fue casi
insensata para los ojos acostumbrados a los colores y las formas de la Tierra. Lejos, muy
lejos, abajo, se extendía un interminable mar de jaspeado oro, surcado de riscos paralelos
que podían haber sido las crestas de gigantescas olas. Mas no había movimiento alguno;
la escala de la escena era demasiado inmensa para mostrarlo. Y aquella áurea vista no
podía posiblemente haber sido un océano, pues se encontraba aún alta en la atmósfera
joviana. Sólo podía haber sido otra capa nubosa.
Luego la cámara captó, atormentadoramente borroso por la distancia, un vislumbre de
algo muy extraño. A muchos kilómetros de distancia, el áureo paisaje se convertía en un
cono singularmente simétrico, semejante a una montaña volcánica. En torno a la cúspide
de este cono había un halo de pequeñas nubes hinchadas... todas aproximadamente del
mismo tamaño, y todas muy precisas y aisladas, había algo de perturbador y antinatural
en ellas... si, en verdad, podía ser aplicada la palabra "natural" a aquel pavoroso
panorama.
Luego, prendida por alguna turbulencia en la rápidamente espesada atmósfera, la
sonda viró en redondo un cuarto de horizonte y durante unos segundos la pantalla no
mostró nada más que un áureo empañamiento. Se estabilizó luego; el "mar" se hallaba
mucho más próximo, pero tan enigmático como siempre. Se podía observar ahora que
estaba interrumpido aquí y allá por retazos de oscuridad, que podían haber sido boquetes
o hendiduras que conducían a una capa más profunda de la atmósfera.
La sonda estaba destinada a no alcanzarlas nunca. A cada kilómetro se había ido
duplicando la densidad del gas que la rodeaba, y subiendo la presión a medida que iba
hundiéndose más y más profundamente hacia la oculta superficie del planeta. Se hallaba
aún alta sobre aquel misterioso mar cuando la imagen sufrió una titilación preventiva, y
esfumóse luego, al aplastarse el primer explorador de la Tierra bajo el peso de kilómetros
de atmósfera.
En su breve vida, había proporcionado un vislumbre de quizás una millonésima parte
de Júpiter, y se había aproximado escasamente a la superficie del planeta, a cientos de
kilómetros bajo él en las profundas brumas. Cuando desapareció la imagen de la pantalla,
Bowman y Poole sólo pudieron sentarse en silencio, con el mismo pensamiento dando
vueltas en sus mentes.

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