Al fin, y muy delante de ellos, hubo un fulgor luminoso a lo largo del horizonte. Estaban
emergiendo de la sombra, saliendo al Sol. Y casi en el mismo momento, Hal anunció:
- Estoy en contacto-radio con Tierra. Me alegra también decir que ha sido completada
con éxito la maniobra de perturbación. Nuestro tiempo hasta Saturno es de ciento sesenta
y siete días, cinco horas, once minutos.
Estaba al minuto de lo calculado; el vuelo de aproximación había sido llevado a cabo
con precisión impecable. Como una bola en una mesa de billar, la Discovery se había
apartado del móvil campo gravitatorio de Júpiter, y obtenido el impulso para el impacto.
Sin emplear combustible alguno, había aumentado su velocidad en varios miles de
kilómetros por hora.
Sin embargo, no había en ello violación alguna de las leyes de la mecánica; la
naturaleza equilibraba siempre sus asientos, y Júpiter había perdido exactamente tanto
impulso angular como la Discovery había ganado. El planeta había sido retardado... pero
como su masa era un quintillón de veces mayor que la de la nave, el cambio de su órbita
era demasiado ínfimo como para ser detectable. No había llegado aún la hora en que el
hombre podría dejar su señal sobre el Sistema Solar.
Al aumentar la luz rápidamente en su derredor, alzándose una vez más el sumido Sol
en el firmamento joviano, Poole y Bowman se estrecharon las manos en silencio.
Pues aunque les resultaba difícil creerlo, había sido culminada sin tropiezo, la primera
parte de su misión.



20 ­ El mundo de los Dioses


Pero aún no habían terminado con Júpiter. Más lejos, atrás, las dos sondas que la
Discovery había lanzado estaban estableciendo contacto con la atmósfera.
De una de ellas no se había vuelto a oír; probablemente había hecho una entrada
demasiado precipitada, y se había incendiado antes de poder transmitir información
alguna. La segunda tuvo más suerte; hendía las capas superiores de la atmósfera joviana,
deslizándose de nuevo al espacio. Tal como había sido planeado, había perdido tanta
velocidad en el encuentro, que volvía a retroceder a lo largo de una gran elipse. Dos
horas después reentraba en la atmósfera en el lado diurno del planeta... moviéndose a
ciento doce mil kilómetros por hora.
Inmediatamente fue arrojada en una envoltura de gas incandescente, perdiéndose el
contacto de radio. Hubo ansiosos minutos de espera, entonces, para los dos
observadores del puente de mando. Podía suceder que la sonda sobreviviera, y que el
escudo protector de cerámica no ardiese por completo antes de que acabara el frenado.
Si tal ocurriese, los instrumentos quedarían volatilizados en una fracción de segundo.
Pero el escudo se mantuvo lo bastante como para que el ígneo meteoro se detuviera.
Los fragmentos carbonizados fueron eyectados, el robot saco sus antenas, y comenzó a
escudriñar en derredor con sus sentidos electrónicos. A bordo de la Discovery, que se
hallaba ahora a una distancia de un millón y medio de kilómetros, la radio comenzó a traer
las primeras noticias auténticas de Júpiter.
Las miles de vibraciones vertidas cada segundo estaban informando sobre
composición atmosférica, presión, campos magnéticos, temperatura, radiación, y docenas
de otros factores que sólo podrían desentrañar los expertos en Tierra. Sin embargo, había

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