contemplando a través de sus ojos y de sus instrumentos a medida que se aproximaban a
Júpiter, pasaría casi una hora antes de que llegaran a Tierra las nuevas de sus
descubrimientos.
Las cámaras telescópicas estaban operando constantemente al atravesar la nave la
órbita de los gigantescos satélites interiores... cada uno de los cuales tenía una superficie
mayor que la de la Luna. Tres horas antes del tránsito, la Discovery paso sólo a treinta y
dos mil kilómetros de Europa, y todos los instrumentos fueron apuntados al mundo que se
aproximaba, que crecía constantemente de tamaño, cambio de esfera a semiesfera y
pasó rápidamente en dirección al Sol.
Aquí había también treinta millones cuadrados de superficie, que no había sido hasta
ese momento más que la cabeza de un alfiler para el más poderoso telescopio. Los
pasarían raudos en unos minutos, y debían sacar el mayor partido del encuentro,
registrando toda la información que pudieran. Habría meses para poder revisarla
despacio.
Desde la distancia, Europa había parecido una gigantesca bola de nieve, reflejando con
notable eficiencia la luz del lejano Sol. Observaciones más atentas así lo confirmaron; a
diferencia de la polvorienta Luna, Europa era de una brillante blancura, mucha de su
superficie estaba cubierta de destellantes trozos que se asemejaban a varados icebergs.
Casi ciertamente, estaban formados por amoníaco y agua que el campo gravitatorio de
Júpiter había dejado, como fuera, de capturar.
Sólo a lo largo del ecuador era visible la roca desnuda; aquí había una tierra de nadie
increíblemente mellada de cañones y revueltos roquedales y cantos rodados, formando
una franja más oscura que rodeaba completamente el pequeño mundo.
Había unos cuantos cráteres meteóricos, pero ninguna señal de vulcanismo.
Evidentemente, Europa nunca había poseído fuentes internas de calor.
Había, como ya se sabía hacía tiempo, trazas de atmósfera, cuando el oscuro borde
del satélite pasaba cruzando a una estrella, su brillo se empañaba brevemente antes de la
ocultación. Y en algunas zonas había un atisbo de nubosidad... quizás una bruma de
gotitas de amoníaco, arrastradas por tenues vientos de metano.
Tan rápidamente como había surgido del firmamento de p roa, Europa se hundió por la
popa; y ahora el cinturón de Júpiter se hallaba a sólo dos horas. Hal había comprobado y
recomprobado con infinito esmero la órbita de la nave, viendo que no había necesidad de
más correcciones de velocidad hasta el momento de la mayor aproximación. Sin
embargo, aun sabiendo eso, causaba una tensión en los nervios ver como aumentaba de
tamaño, minuto a minuto, aquel gigantesco globo. Resultaba dificultoso creer que la
Discovery no estaba cayendo en derechura hacia él, y que el inmenso campo gravitatorio
del planeta no estaba arrastrándola hacia su destrucción.
Ya había llegado el momento de lanzar las sondas atmosféricas... las cuales, se
esperaba, sobrevivirían lo bastante como para enviar alguna información desde bajo el
cobertor de nubes joviano. Dos rechonchas cápsulas en forma de bomba, encerradas en
protectores escudos contra el calor, fueron puestas suavemente en órbita, cuyos primeros
miles de kilómetros apenas se desviaban de la trazada por la Discovery.
Pero lentamente fueron derivando; y por fin se pudo ver a simple vista lo que había
estado afirmando Hal. La nave se hallaba en una órbita casi rasante, no de colisión; no
tocaría la atmósfera. En verdad, la diferencia era de sólo unos cuantos cientos de
kilómetros -una nadería cuando se estaba tratando con un planeta de ciento cincuenta mil
kilómetros de diámetro- pero ello bastaba.

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