volanderas nubes que habían sido hechas tiras por la rápida rotación del gigantesco
mundo. A veces esas tiras se cuajaban en manojos, nudos y masas de vapor coloreado
del tamaño de continentes; a veces eran enlazadas por pasajeros puentes de miles de
kilómetros de longitud. Oculta bajo aquellas nubes, había materia suficiente para
sobrepujar a todos los demás planetas del Sistema Solar. ¿Y qué más, se preguntó
Bowman, se hallaba también oculto allí?
Sobre ese moviente y turbulento techo de nubes, ocultando siempre la superficie del
planeta, se deslizaban a veces formas circulares de oscuridad, una de las lunas interiores
estaba pasando ante el distante sol, discurriendo su sombra bajo él y sobre el alborotado
paisaje nuboso joviano.
Había aún más allá, a treinta millones de kilómetros de Júpiter, otras lunas, mucho más
pequeñas. Pero eran sólo montañas volantes de unas cuantas docenas de kilómetros de
diámetro, y la nave no pasaría en ninguna parte cerca de ninguna de ellas.
Con intervalos de pocos minutos, el transmisor del radar enviaba un silencioso rayo de
energía; pero ningún eco de nuevos satélites devolvía su latido desde el vacío.
Lo que llegó, con creciente intensidad, fue el bramido de la propia voz de la radio de
Júpiter. En 1955, poco antes del alba de la Era Espacial, los astrónomos habían quedado
asombrados al hallar que Júpiter estaba lanzando estallidos de millones de caballos de
fuerza en la banda de diez metros. Era simplemente un ronco ruido, asociado con los
halos de partículas cargadas que circundaban el planeta como los cinturones de Van
Allen de la Tierra, pero en escala mucho mayor.
A veces, durante las horas solitarias pasadas en el puente de mando, Bowman
escuchaba esa radiación.
Aumentaba la intensidad del amplificador de la radio hasta que la estancia se llenaba
con un estruendo crujiente y chirriante; de este fondo, y a intervalos regulares, surgían
breves silbidos y pitidos, como gritos de aves alocadas. Era un sonido fantasmagórico e
imponente, pues no tenía nada que ver con el hombre; era tan solitario y tan ambiguo
como el murmullo de las olas en una playa, o el distante fragor del trueno allende el
horizonte.
Aun a su actual velocidad de más de ciento sesenta mil kilómetros por hora, le llevaría
a la Discovery casi dos semanas cruzar las órbitas de todos los satélites jovianos. Más
lunas contorneaban a Júpiter que planetas orbitaban al sol; el observatorio lunar estaba
descubriendo nuevas lunas cada año, llegando ya la cuenta a treinta y seis. La más
exterior -Júpiter XVII- era retrógrada y se movía en inconstante trayectoria, a cuarenta y
ocho millones de kilómetros de su amo temporal. Era el premio de un constante tira y
afloja entre Júpiter y el Sol, pues el planeta estaba capturando constantemente lunas
efímeras del cinturón de asteroides, y perdiéndolas de nuevo al cabo de unos cuantos
millones de años. Sólo los satélites interiores eran de su propiedad permanente; el Sol no
podría nunca arrancarlos de su asidero.
Ahora se encontraba aquí uno nuevo como presa de los antagónicos campos
gravitatorios. La Discovery estaba acelerando a lo largo de una compleja órbita calculada
hacía meses por los astrónomos de la Tierra, y cotejada constantemente por Hal. De
cuando en cuando se producían minúsculos golpecitos automáticos de los reactores de
control, apenas perceptibles a bordo de la nave, al efectuarse la debida corrección de
trayectoria.
En el enlace de radio con la Tierra, fluía constantemente la información. Estaban ahora
tan lejos del hogar, que viajando a aquella velocidad sus señales tardaban cincuenta
minutos en llegar. Aunque el mundo entero estaba mirando sobre sus hombros,

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