Estaba pasando ante ellos a casi cincuenta kilómetros por segundo; disponían tan sólo,
pues, de unos cuantos frenéticos minutos para observarlo atentamente. Las cámaras
automáticas tomaron docenas de fotografías, los ecos devueltos por el radar de
navegación eran registrados cuidadosamente para un futuro análisis y quedaba el tiempo
justo para lanzar una cápsula de impacto.
Esta cápsula no llevaba ningún instrumento, pues no podría ninguno de ellos sobrevivir
a tales velocidades cósmicas. Era simplemente una bala de metal, disparada desde la
Discovery en una trayectoria que interseccionaría la del asteroide. Al deslizarse los
segundos antes del impacto, Poole y Bowman esperaron con creciente tensión. El
experimento, por simple que pareciera en principio, determinaba el límite, la precisión de
sus dispositivos. Estaban apuntando a un blanco de treinta y cinco metros de diámetro,
desde una distancia de cientos de kilómetros.
Se produjo una súbita y cegadora explosión de luz contra la parte oscurecida del
asteroide, el proyectil había hecho impacto a velocidad meteórica; en una fracción de
segundo, toda su energía cinética había sido transformada en calor. Una bocanada de
gas incandescente fue expelida brevemente al espacio; a bordo de la Discovery, las
cámaras estaban registrando las líneas espectrales, que se esfumaban rápidamente. Allá
en la Tierra, los expertos las analizarían, buscando las señas indicadoras de átomos
incandescentes. Y así, por vez primera, sería determinada la composición de la corteza
de un asteroide.
En una hora, el 7.794 fue una estrella menguante, no mostrando ninguna traza de un
disco. Y cuando entró luego Bowman de guardia, se había desvanecido por completo.
De nuevo estaban solos; y solos permanecerían, hasta que las más exteriores lunas de
Júpiter vinieran flotando en su dirección, dentro de tres meses.



19 ­ Tránsito de Júpiter


Aun a treinta millones de kilómetros de distancia, Júpiter era ya el objeto más
sobresaliente del firmamento, el planeta era un disco pálido de tono asalmonado, de un
tamaño aproximadamente de la mitad de la Luna vista desde la Tierra, con las oscuras
bandas paralelas de sus cinturones de nubes claramente visibles. Errando en el plano
ecuatorial estaban las brillantes estrellas de Io, Europa, Ganímedes y Calixto... mundos
que en cualquier otra parte hubiesen sido considerados como planetas en su propio
derecho, pero que allí eran simplemente satélites de un amo gigante.
A través del telescopio Júpiter presentaba una magnífica vista... un globo abigarrado,
multicolor, que parecía llenar el firmamento. Resultaba imposible abarcar su tamaño
verdadero: Bowman recordó que tenía once veces el diámetro de la Tierra, pero durante
largo rato fue ésta una estadística sin ningún significado real.
Luego, mientras se estaba informando de las cintas en las unidades de memoria de
Hal, halló algo que de súbito le permitió ver en sus verdaderas dimensiones la tremenda
escala del planeta. Era una ilustración que mostraba la superficie entera de la Tierra
despellejada y luego estaquillada, como la piel de un animal, sobre el disco de Júpiter.
Contra este fondo, todos los continentes y océanos de la Tierra parecían no mayores que
la India en el globo terráqueo...
Al emplear Bowman el mayor aumento de los telescopios de la Discovery, le pareció
estar suspendido sobre un globo ligeramente alisado, mirando hacia un paisaje de

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