En caso de ser necesario, podía detenerse el giro del tiovivo; cuando esto acontecía,
había de retenerse su movimiento angular en un volante, volviéndose a conmutar cuando
se recomenzaba la rotación. Pero normalmente se le dejaba funcionando a velocidad
constante, pues resultaba bastante fácil penetrar en el gran cilindro giratorio yendo mano
sobre mano a lo largo de una barra que atravesaba la región de gravedad cero de su
centro. El traslado a la sección móvil era tan fácil y automático, tras una pequeña práctica,
como subir a una escalera móvil.
El casco esférico de presión formaba la cabeza de la tenue estructura en forma de
flecha de más de cien metros de longitud. La Discovery al igual que todos los vehículos
destinados a la penetración en el espacio profundo, era demasiado frágil y de líneas no
aerodinámicas para pensar en la atmósfera, o para desafiar el campo gravitatorio de
cualquier planeta. Había sido montada en órbita en torno a la Tierra, probada en un vuelo
inicial translunar, y finalmente en órbita en torno a la luna. Era una criatura del espacio
puro... y lo parecía.
Inmediatamente detrás del casco de presión estaba agrupado un racimo de cuatro
tanques de hidrógeno líquido, y más allá de ellos, formando una larga y grácil V, estaban
las aletas de radiación, que disipaban el calor derramado por el reactor nuclear.
Entreveradas en una delicada tracería de tubos para el fluido de enfriamiento, se
asemejaban a las alas de algún gran dragón volante, y desde ciertos ángulos, la nave
Discovery, proporcionaba una fugaz semejanza a un antiguo velero.
En la misma punta de la V, a cien metros del compartimiento de la tripulación, se
encontraba el acorazado infierno del reactor, y el complejo de concentrados electrodos a
través del cual emergía la incandescente materia desintegrada del motor de plasma. Este
había ejecutado su trabajo hacía semanas, forzando a la Discovery a salir de la órbita
estacionaria en torno a la Luna. Ahora, el reactor emitía solamente un tictac al generar
energía eléctrica para los servicios de la nave, y las grandes aletas radiadoras, que se
tornaban de un rojo cereza cuando la Discovery aceleraba al máximo impulso, aparecían
oscuras y frías.
Aunque se requeriría una excursión en el espacio para examinar esta región de la
nave, había instrumentos y apartadas cámaras de televisión que proporcionaban un
informe completo de las condiciones allí existentes. Bowman creía conocer ya
íntimamente cada palmo cuadrado del radiador, paneles, y cada pieza de tubería
asociada con ellos.
Para las 16 horas había ya terminado su inspección, y hacía un informe verbal al
Control de la Misión, hablando hasta q comenzó a llegarle el acuse de recibo. Entonces
ue
apagó su transmisor, escuchó lo que tenía que decir Tierra, y volvió a transmitir su
respuesta a algunas preguntas, a las 18 se levanto Poole y le entregó el mando.
Disponía entonces de seis horas libres, para emplearlas como le placiera. A veces,
continuaba sus estudios, o escuchaba música o contemplaba una película. Mucho del
tiempo lo empleaba revisando la inagotable biblioteca electrónica de la nave. Habían
llegado a fascinarle las grandes exploraciones del pasado... cosa bastante comprensible,
dadas las circunstancias. A veces navegaba con Piteas a través de las columnas de
Hércules, a la largo de la costa de una Europa apenas surgida de la edad de piedra,
aventurándose casi hasta las frías brumas del Artico. O dos mil años después perseguía
con Ansón a los galeones de Manila, o navegaba con Cook a lo largo de los ignotos
azares de la Gran Barrera de Arrecifes, o realizaba con Magallanes la primera
circunnavegación del globo. Y comenzaba a leer la Odisea, que era de todos los libros el
que más vívidamente le hablaba a través de los abismos del tiempo.

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